Phil Robertson, actor en “Duck Dinasty”, fue recientemente despedido del programa por afirmar que “No entrarán en el reino de Dios los homosexuales, los violadores, los prostitutos, los calumniadores …” Es un caso que trasciende lo puramente televisivo y lo religioso: Toca frontalmente la contradictoria absolutización del relativismo moral y el derecho a la libre expresión.
Robertson expresó simplemente principios aceptados por la mayoría cristiana, por fieles de otras religiones y por ateos que piensan (sin recurrir al más allá, ni a espinosos asuntos como la salvación o condenación) que son insostenibles las sociedades carentes de normas básicas de conducta y valores bien definidos. Pero ocurre que en el mundo Occidental una minoría de filo-sofistas (post-modernistas, los sofistas contemporáneos) empeñados en demonizar los valores tradicionales, intentan relativizar todo el orden normativo y moral establecido, mientras absolutizan sus propios valores. Tras ellos, vinieron los activistas. No todos necesariamente versados en Derrida, Foucault y demás, sino militantes obsesionados con imponer como valores y modelos hegemónicos sus estilos de vida en temas que varían desde la sexualidad al multiculturalismo, usado éste como arma de diversos grupos que deciden no integrarse armoniosamente dentro del marco cultural de las sociedades occidentales que los acogen.
La importancia general del caso de Robertson, castigado por “predicar el odio” (cuando simplemente expresó normas bíblicas), motivó estas líneas que no debaten temas religiosos, ni defienden la discriminación anti-homosexual, ni el racismo, ni la xenofobia (aunque toda y cualquier nación puede defender legítimamente su cultura y formas de vida, so pena de disolverse o fragmentarse). En esencia, el tema aquí discutido es la sacralización-glorificación del homosexualismo, una posición extrema, después de que (en el extremo opuesto) fuera perseguido y escarnecido.
En Estados Unidos, aproximadamente el 6 por ciento de la población es homosexual. El 94 por ciento no lo es. En esto hay buenas y malas noticias. La buena es que en ese país triunfó la voluntad de sus padres fundadores quienes defendieron la democracia, pero reprobaron la tiranía de las mayorías. En este proceso de defensa de las minorías, los homosexuales alcanzaron iguales derechos que los heterosexuales en educación, quehacer político, empleo, y libertad en la vida íntima. La mala noticia es que esa minoría militante, está logrando (por la apatía y desorganización de las mayorías), adulterar instituciones como la familia y el matrimonio, que han sido la base de Occidente (incluida Iberoamérica), mientras socavan valores democráticos fundamentales, como la libertad de expresión, intensamente utilizada por el cabildeo o “lobby” homosexual. Irónicamente, mientras dicha militancia absolutiza sus valores, y denigra como homófobo, criminal, cavernario, etc. a cualquiera que cuestione su agenda, a la vez relativiza y ataca las estructuras culturales-morales vigentes, incluido el concepto de sexo (reemplazado por “género”, “cualidad relativa, creada por la sociedad y no determinada por la naturaleza”).
Si el lobby homosexual tiene derecho de abogar por su idea de matrimonio, familia, género, y valores en general, igual derecho tienen las mayorías para confrontar esa agenda sin por ello, denigrar a nadie, ni discriminar en temas educativos, empleo en la vida civil, etc. Más de 500,000 personas llamaron de inmediato a boycotear al programa televisivo mencionado, mientras el señor Robertson (vilipendiado por el activismo homosexual), no sea restituido. Se trata de una lucha moral-cultural en la que hay que tomar posiciones respetuosas, pero firmes. Recuerdo nuevamente (con sentido más cívico que religioso) una frase de Dante: “Los peores lugares del infierno están reservados para quienes permanecieron neutrales en tiempos de crisis moral”.
El autor es doctor en Estudios Internacionales.
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