El mundo pareció paralizarse la noche del jueves de esta semana (a mediodía en la hora de Nicaragua), ante la muerte de Nelson Mandela. Todos los medios noticiosos del mundo se enfocaron en informar sobre la vida y muerte del gran líder nacional sudafricano, y no faltaron las declaraciones de gobernantes de todos los países y corrientes políticas, lamentando el deceso de Mandela y exaltando sus cualidades personales y políticas.
Inclusive, con escandalosa hipocresía algunos caudillos que son y representan todo lo contrario de lo que fue y representó el líder sudafricano, derramaron sus lágrimas de cocodrilo ante la noticia de la desaparición física del gran reconciliador racial y exgobernante democrático de la República Sudafricana.
Como político y estadista, Nelson Mandela fue un gran ejemplo de valentía personal para soportar la represión de sus verdugos; de resiliencia, que es la capacidad de sobreponerse a la adversidad y prevalecer sobre ella; de aptitud para perdonar a quienes le causaron graves daños y reconciliarse con ellos; de gobernar de manera ejemplarmente democrática en condiciones sumamente complejas, etc. Sin embargo, el más importante ejemplo de Mandela, como político y como gobernante, fue su desapego al poder, en el cual pudo quedarse el resto de su vida mediante la reelección sucesiva, pues tenía para ello el respaldo de la gran mayoría de su pueblo, pero lo entregó voluntariamente al terminar su periodo presidencial de cinco años (1994-1999), se retiró de la actividad política y cinco años después lo hizo también de la vida pública.
Mandela hizo todo lo contrario que otros líderes revolucionarios de su época, como Joseph Mugabe, en Zimbabwe, país vecino de Sudáfrica con características muy parecidas; o como Fidel Castro en Cuba y Daniel Ortega en Nicaragua, quienes triunfaron y tomaron el poder igual que el líder sudafricano, pero en vez de conducir a sus pueblos por el camino de la libertad y la democracia impusieron dictaduras y tiranías iguales e incluso peores que las que derrocaron. Precisamente, el legado de Mandela para Sudáfrica, África y el mundo entero, es la lección de que un buen gobernante sirve a su pueblo durante el mandato limitado que le corresponde, y luego se retira a la vida privada para servir a la sociedad en cualquier otra forma, y en todo caso, no fastidia a la gente con enfermizas obsesiones mesiánicas y de poder perpetuo.
A nuestro juicio, para valorar apropiadamente el legado de Mandela se debe tomar en cuenta que su ejemplar política de perdón, integración racial y reconciliación nacional, fue exitosa porque la otra parte tuvo la buena voluntad de reconocer la necesidad de reconciliarse para reconstruir juntos el país conforme a los valores de la libertad y la democracia. En Sudáfrica, el Partido Nacional, derrotado por Mandela y desalojado del poder en las elecciones de 1994, aceptó lealmente la derrota electoral y además renunció a la ideología racista y totalitaria y trabajó junto al Congreso Nacional, el partido de Mandela, en la magna obra de reconciliación nacional, de democratización y reconstrucción económica y social del país.
En Nicaragua, la presidenta Violeta Barrios de Chamorro también practicó la política del perdón y la reconciliación nacional. Pero Daniel Ortega y el Frente Sandinista se fueron a “gobernar desde abajo”, a sabotear al nuevo gobierno con asonadas, crímenes políticos y otras acciones disociadoras y violentas. Por eso son hipócritas sus declaraciones de pesar por la muerte de Mandela.
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