Por Juan Carlos Ampié
A un año del estreno de Los juegos del hambre volvemos a la distopía futurista imaginada por la escritora Suzanne Collins para seguir las aventuras de Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence).
Ella triunfó en el brutal torneo de sobrevivencia ideado por la oligarquía que rige Panem para adormecer e intimidar a las masas. Ahora la joven arquera se resquebraja bajo la presión. Su estatus de ganadora acarrea beneficios materiales que mejoran su calidad de vida y la de su familia, pero paga el alto precio de convertirse en una especie de celebridad colaboradora del régimen. Es un peón de la propaganda oficial. Obligada a participar en el tour mediático de “la gira de los vencedores”, se refugia en la devoción de su compañero, Peeta (Josh Hutcherson). Pero ni siquiera él puede protegerla de la presión que acarrea el convertirse en un símbolo de resistencia. La manera en que Katniss desafió las reglas para sobrevivir en los juegos la ha transformado en inspiración para una incipiente rebelión. El presidente Snow (Donald Sutherland) lo sabe, y en connivencia con el nuevo director Plutarch Heavensbee (Philip Seymour Hoffman), planean corromper su imagen y devolverla a la arena de lucha.
La primera parte se sentía como un producto armado apresuradamente, para capturar a la audiencia de la menguante franquicia de Crepúsculo . El director Gary Ross fracasaba a la hora de escenificar la acción, y retrataba la violencia con morbo repelente y sensacionalista. Si la película se salvaba, era por la quieta dignidad de Lawrence, quien ya tiene un Óscar a Mejor Actriz en su haber gracias a “Silver Linings Playbook” (David O'Russell, 2012).
Ahora bajo la dirección de Francis Lawrence, la saga encuentra la convicción de sus ideales. La acción es clara y envolvente, los peores efectos de la violencia son discretamente editados fuera del rango de la cámara. Los juegos del hambre: En llamas ya es lo que prometía ser: una alegoría revolucionaria apta para adolescentes. El reparto incluye talentos de exquisita excentricidad, como Jeffrey Wright y Amanda Plummer. Jenna Malone es excelente como una chica mala secretamente buena. Y una vez mas, Jennifer Lawrence demuestra que puede invocar humanidad aún en el producto comercial más calculado. La fragilidad y el miedo de los que se enfrentan a los poderosos suele obviarse, favoreciendo la ilusión de valentía sin matices. Lawrence contradice el cliché con su vulnerabilidad. La heroicidad es una cruz, y siempre nos recuerda cuánto cuesta cargarla.
Irónicamente, la película es resonante en la Nicaragua de hoy. Los particulares ideológicos son suficientemente difusos como para que todos los bandos se proyecten en el rol positivo. Pero tome nota de cómo los poderosos emulan el kitsch soviético-facista, con sus desfiles militares y actos de masas. Los “árboles de la vida” plantados en nuestras rotondas no se verían fuera de lugar en la casa presidencial iluminada de rosa y celeste. Los medios controlados por el Estado monolítico se vuelcan a convertir la muerte en espectáculo. ¿No les recuerda a la nota roja pasando por noticia?
¡Los gobernantes de Panem son la “derecha neoliberal”! ¿O son la élite “socialista, cristiana y solidaria”? En realidad, son la minoría que vive en el lujo a costa de una mayoría sin esperanzas. Son el uno por ciento de los Estados Unidos. Pero también son los nuevos millonarios de Nicaragua, el segundo país más pobre de América Latina, con el mayor número de nuevos millonarios en la región centroamericana. Pagamos por escapar de la realidad viendo la película, como los que sintonizan el macabro show donde la gente se mata para su entretenimiento e intimidación.
Ver en la versión impresa las paginas: 19