En materia de dinero estos chinos, excomunistas despiadados, no se andan con miramientos y donde ponen el ojo ponen la plata, aunque no siempre se salgan con la suya.
Agitar febrilmente un puñado de dinero para deslumbrarnos como hicieron los conquistadores españoles con sus famosos espejitos no quiere decir que esperemos de ellos agradables sorpresas.
Un grupo de golosos inversionistas chinos después de regresar de una gira por Disneylandia, el famoso parque de diversiones ubicado en Los Ángeles, decidieron, aplicando la máxima de “que los riales son para gastarse” o lo que es lo mismo “el que tiene plata platica”, construir un parque de diversiones similar a 45 km de Pekín. Antes de que cantara un gallo compraron en el sitio escogido un terrenito equivalente a tamaño y medio del Mercado Oriental y con la velocidad de un rayo emprendieron la construcción del complejo cuyo costo estimaron en unos 4,000 millones de dólares, es decir la décima parte de lo que costará el famoso canal que ellos mismos esperan construir en Nicaragua.
Todo iba bien hasta que se dieron cuenta de que las tierras donde estaban edificando lo que ellos denominaron el parque de diversiones más grande de Asia, tenían dueño, o sea que los dueños que aparentaban serlo, no lo eran, y para encabar más el asunto las tierras estaban en parte siendo ocupadas en el cultivo del maíz algo que los campesinos chinos miraban más rentable y más atractivo que darle la mano a Mickey Mouse o tomarse una foto con Blancanieves.
De la noche a la mañana las tierras adquirieron valores estratosféricos fuera de toda lógica y los agricultores, aferrados a sus maizales, prometieron que de ahí no los sacarían ni a patadas. El embrollo fue tal que la construcción se paralizó por completo y ninguna negociación ni chiquita ni grande logró destrabar el asunto y finalmente la obra se detuvo por completo hasta finalmente ser abandonada.
Lo que quedó de ella es una secuela de edificios fantasmagóricos que por su tenebrosa apariencia deja con los pelos de punta a quienes la ven de largo. Wonderland, como le llamarían los chinos a este megaparque fue descubierto por casualidad por un fotógrafo de la agencia de noticias Reuters, pues al parecer los chinos quieren mantener en secreto el fracaso de esta inversión ubicada en la misma carretera que va de la capital hacia la Gran Muralla China. Quedan, como testigo mudos de este derroche de dinero, un palacio a medio palo, las ruinas de un tétrico castillo y una réplica a medio construir de la gustada atracción Piratas del Caribe que seguramente iba a representar a los inversores chinos.
Esta inversión fracasada demuestra que no todo lo que los chinos tocan se hace oro y que hay que tener cuidado con los mitos que se fabrican alrededor de esta gigantesca potencia. Ellos también pueden fracasar como lo demuestra este inútil intento de trasladar a través del Océano Pacífico de USA a China como si de una enorme fotocopia se tratara, la famosa Disneylandia.
Como no hay tour a Disneychina, Wang Jing la obvió y mejor llevó a su coro criollo del Canal a ver la presa de Las Tres Gargantas porque estaba seguro que ahí los nicas se quedarían, como en efecto ocurrió con la garganta seca. El autor es dirigente histórico socialcristiano.
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