A pesar de que Daniel Ortega ha sabido navegar hábilmente nuestras innobles aguas políticas, él ya no cuenta con aquel aparato revolucionario de la década de los ochenta, que ilusionó a muchos de sus adeptos con “la expectativa de alteraciones repentinas y espectaculares en sus condiciones de vida”.
Esa perspectiva de cambio albergaba una esperanza impura de enriquecimiento ilimitado, al mismo tiempo que unificaba a las masas a través de un odio visceral contra todos los fantasmas inventados por la revolución.
En aquel momento, cualquiera usurpaba las posesiones ajenas; fulano “recuperaba” un vehículo, mengano “ocupaba” una propiedad inmueble o zutano arrebataba una vida con pretexto e impunidad revolucionaria. Detrás de todo eso estaba el respaldo de una fuente aparentemente inagotable de recursos externos.
El Ortega de hoy cuenta con respaldos y estrategias diferentes pero, indudablemente, más débiles y menos eficaces. Venezuela está en decadencia, lo que hace incierta la continuidad de la asistencia económica de ese país. Existen indicios de la desconfianza de Ortega con respecto a la lealtad del Ejército. Y si bien la oposición política en Nicaragua se encuentra bajo su bota y la empresa privada respira ansiosa de consolidar su relación con el gobierno, el descontento popular es generalizado y ascendente.
De ahí que el presidente inconstitucional de Nicaragua busca desesperadamente algún agente unificador; una fuente de entusiasmo colectivo que logre atrapar al pueblo bajo su embrujo. Ese es, posiblemente, el origen de tantas promesas insinceras sin factibilidad, ni intencionalidad de término, ni orden alguno.
El nuevo discurso de Ortega promete “acabar con la dictadura de la pobreza, el desempleo, el hambre Convertir a Nicaragua en una de las economías más avanzadas de América Latina”.
Las promesas de Ortega escapan —ambiciosas y temerarias— de ambos lado de su boca: En mayo de 2007 asegura que “no habrá oro en el mundo que nos haga ceder el Gran Lago es la mayor reserva de agua de Centroamérica y no lo vamos a poner en riesgo con un megaproyecto como un Canal Interoceánico”. Pero hoy se apega a un magnífico Canal; obra que sería ejecutada a un costo de al menos 40 mil millones de dólares.
Entre las sorpresas existe un satélite; “Nicasat 1” a un costo de 300 millones de dólares, que paciente espera algún día entrar en su respectiva órbita. Igual esperan los futuros bachilleres, a quienes hoy se les promete salir de la secundaria hablando inglés. Y los campesinos esperan —según esas promesas— poder tecnificarse. Pero como decía Francisco de Quevedo: “Nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir”.
Y así vamos los nicaragüenses, acarreando miserias, abrazando polos, hasta llegar nuevamente a las puertas de la hoguera. Y así vamos pasando, otra vez, del engaño a la destrucción. Todo indica que ya en Nicaragua emergió otro irreversible período de discordia; ya se oyen los fusiles contra esta dictadura. ¡Recurrentes, invariables consecuencias, males intrínsecos de nuestra historia!
A momentos pareciera que ensordecemos y no oímos el clamor por la justicia, por el respeto a nuestros más fundamentales derechos. A veces es la venda que nos ciega, la mordaza que nos calla. Pero llega el tiempo en que el grito del hambriento y el del falto de libertad, nos despiertan del letargo.
Mientras tanto, el mal avanza y a medida que la soga más sofoca, más claro se distingue entre el valor de la esperanza y las vulgares promesas de un común dictador.
El autor es economista y escritor.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A