El gran capital en diálogo y con certación con el dictador, satisfecho con las promesas de un gobierno en completo control del gremio laboral, dejando a los empresarios en total libertad de administrar sus empresas.
Una reunión formal en la que líderes empresariales demuestran cumplido entusiasmo por el discurso del dictador: “La empresa privada, no es sostenible en la era de la democracia; esta es concebible únicamente cuando el pueblo tiene una sólida idea de autoridad, de personalidad Todos los bienes que poseemos se lo debemos a los esfuerzos de ‘los elegidos’ No debemos olvidar que los beneficios de la cultura deben ser introducidos en mayor o menor grado con un puño de hierro”.
Todo fue claramente expuesto ante los empresarios congregados y ellos respondieron enardecidos a la promesa de ponerle fin a las contiendas electorales y a la democracia. ¡Era la hora de crear riqueza, de gobernar juntos, de hacer crecer sus capitales!
Lo anterior atiende al encuentro entre Hitler y empresarios alemanes el 20 de febrero de 1933, según documentos introducidos como evidencia en el Juicio de Nuremberg y que son citados por William L. Shirer en su obra, Auge y caída del Tercer Reich.
Solo ocho días más tarde, el gobierno suspendía las siete secciones de la Constitución que garantizaban las libertades civiles e individuales. Por supuesto, “en nombre de la protección del pueblo y del Estado”.
En marzo 23, del mismo año, un subordinado Parlamento decretó la “Ley para erradicar la desolación del pueblo y del Reich”, conocida como Ley Permisiva. Esta ley transfería —por cuatro años— el poder de legislar, del Parlamento al propio Hitler y su gabinete; incluyendo el absoluto control del presupuesto, la aprobación de tratados internacionales y la introducción de enmiendas constitucionales. ¡Un suicidio legislativo, precedido por un suicidio empresarial y seguido por la eliminación de elecciones reales en Alemania!
Las instituciones alemanas postradas de hinojos ante los pies de Hitler; incluyendo los poderes soberanos de los estados, los partidos políticos, los sindicatos, las Fuerzas Armadas Hitler era la ley, el pueblo crecía intimidado y los grandes empresarios estaban satisfechos de sus logros. Hasta que les llegó su turno, por supuesto. Hasta que todo les explotó en la cara. ¡Un mundo de esclavos del miedo!
Decía Octavio Paz: “Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo el miedo al cambio”. El miedo a cambiar las cosas.
Irónicamente, en una reunión el pasado mes de septiembre entre Ortega y dirigentes empresariales nicaragüenses se habló de gobernar por consenso, de constitucionalizar el acuerdo o pacto gobierno-sector privado para hacer reformas constitucionales a la medida de los intereses mutuos del presidente inconstitucional y de los empresarios políticos que participaron en esa reunión.
Lo que se hace difícil comprender es cómo pueden los empresarios comprometerse con Ortega a formalizar y legalizar esquemas de diálogo y consenso, cuando el origen de la actual presidencia comienza con la ruptura del orden constitucional. Será que pretenden ignorar “el riesgo de inclinarse ante el altar de la conformidad”, será que simplemente están probando suerte, o será que ya han sido inyectados con el veneno del terror.
En todo caso, la realidad demuestra que uno a uno los sectores de esta sociedad —faltos de libertad y carentes de derecho— se han ido sometiendo de manera absoluta a la voluntad de Daniel. ¡Condición comparable a aquel estado de esclavos de los esclavos del miedo! El autor es economista y escritor.
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