Iván de Jesús Pereira
La crisis política que está viviendo EE. UU. de Norteamérica, nos guste o no, nos debe de preocupar a todos. Se trata de la mayor economía mundial y del mayor mercado de nuestras exportaciones, lo que ahí ocurra nos afecta. Eso ni lo dudemos.
Lo que está en riesgo ya no es el cierre del gobierno, que como se ha visto ha tenido efectos parciales y relativos dentro de esa gran economía. El problema principal ahora es si el gobierno federal va a caer en la insolvencia debido a la paralización del Congreso. La administración se quedará sin dinero a mediados de este mes (17 de octubre) si el Congreso no eleva el techo de la deuda. Esto provocaría una enorme desconfianza en EE. UU. como país seguro para las inversiones, y las consecuencias en cuanto a intereses, recesión o el desbarajuste de una tímida alza de la economía norteamericana, podrían desplomarse.
¿Por qué se ha llegado a ese clima tan explosivo, en donde la situación que se presenta es que estamos al filo del precipicio?
En primer lugar, tiene que reconocerse que el presidente Obama relativamente ha hecho un buen trabajo. Lo principal y más acertado es que no ha llevado al país a una guerra con Irán, como se preveía, y la supuesta guerra con Siria fue frenada gracias a la valentía del papa Francisco y a la habilidad de la diplomacia rusa.
Otro punto a su favor es el hecho de que su mandato no ha contado con la mayoría en ambas cámaras, como lo fue en la presidencia de Roosevelt o de Kennedy, sino por el contrario ha tenido que bregar con una oposición cada vez más radical.Lo que Obama no calculó a profundidad, fue el efecto de su segunda victoria ante la minoría radical, del Tea Party.
El hecho de ser negro es algo que los racistas norteamericanos no han podido asimilar, y no se lo perdonan.
La mentalidad WASP (White Anglo Saxon Protestant) que es la que controla y defiende el establishment norteamericano no ha podido absorber el hecho de que un negro dirija los destinos de esa nación.
Dos fenómenos han contribuido enormemente a ello. En primer lugar: la supuesta mayoría blanca-anglosajona, cada día se reduce ante el avance de la inmigración latina, la explosión asiática y los negros. Poco a poco, ellos, que hasta este momento controlan toda la sociedad, pasan a ser minoría y eso los resiente y los pone nerviosos. Por eso no quieren aprobar la reforma migratoria con acceso a la ciudadanía.
El otro fenómeno ha sido la globalización, al volverse el mundo una aldea global y el avance tecnológico ha puesto a la mano, lo fabuloso de las comunicaciones a nivel mundial. El norteamericano medio se ha dado cuenta de que su país no es “el imperio” que esa minoría anglosajona , ha querido forjar. Que las “guerras justas” desaparecieron al terminar la Segunda Guerra Mundial, y que aunque su país es muy poderoso, tiene sus grandes limitaciones, no está llamado a ser el policía del mundo y en medio de esa poderosa maquinaria de guerra que posee, se mueven intereses económicos muy grandes, que están ajenos al querer y pensar del ciudadano norteamericano común.
El Partido Republicano hasta esta crisis parecía enfrentar una disyuntiva: o se dividía y pasaba a ser un pequeño partido, o era tomado por el ala radical que representa el Tea Party, y parece que fue esto último lo que se escogió.
Estamos pues, ante dos posiciones radicales. Al Presidente se le pide su cabeza, la renuncia de su principal legislación, la entrega de su buque insignia que es la “reforma al sistema de salud”. El presidente contesta que está dispuesto a negociar en todo, pero no con una pistola en la cabeza y exige que se apruebe el presupuesto y se destrabe el cierre al gobierno.
Constitucionalmente no se puede hacer nada, Obama, que antes que nada es un profesor de derecho constitucional, bien lo sabe. La crisis no es legal, ni tiene ribetes jurídicos, la crisis es política. ¿Se podrá superar? ¿Podrá el diálogo y la negociación salvar a esa gran nación, o estaremos ante las puertas de una hecatombe, esta vez económica? No lo sé, solo sé que hay que estar atentos a lo que ahí suceda, que tarde o temprano repercutirá en nuestra endeble economía.
El autor es abogado.