El caso Montealegre, Bendaña, Paguaga, que tuvo en su momento su baño mediático, es como una telenovela con final previsible. El culebrón ha tenido de todo: intriga, traición, codicia, prejuicios, culpas, mea culpas y, lo peor de todo, haber tocado con las manos sucias los hábitos caritativos de monjas inversoras. El veredicto por jugar con dinero sagrado no puede ser otro que el de culpabilidad.
De todas maneras, sin que el juicio se haya iniciado ya la Fiscalía, la jefa de la Policía y algunas autoridades espirituales, los declararon culpables de antemano. Como platillo adicional y dado el proverbial canibalismo político de nuestra flora y fauna, algunos están pidiendo la cabeza política del hermano del indiciado estrella, un boladito colateral que solo beneficia al partido de gobierno.
Si hay alguna figura que describa el escenario de esta historia, que no ha hecho derramar una sola lágrima a nadie, es como la de aquel juego de antaño del “fusilado” en el que alguien en posesión de una pelota la lanzaba a unos agujeros y si acertaba tomaba la bola y la estrellaba en la espalda de quien no hubiera tenido oportunidad de correrse, o como aquel juego del “omblígate” en el que ganaba era quien saltaba sobre los hombros del más alto y de consuelo le pasaba dando una palmadita en el trasero.
Esta fábula de los bonos de inversión es similar a esos juegos de cipotes de “sálvese quien pueda” que antes se jugaban en los polvorientos barrios de la vieja Managua. Nadie, salvo el que tiene un apetito voraz por ganar dinero rápidamente, se atreve a meter su plata en los riesgosos mercados internacionales de valores. Es un mundo especulativo, lleno de espejismos, de trampas, donde los capitales cambian de mano en segundos, aquí la riqueza y la miseria son hermanas gemelas.
Claro, algunos solo ven en esto oportunidades y nunca miden los riesgos de quedar en la calle. ¿Por qué esta gente que arriesgó tanta plata con el trío Montealegre, Bendaña, Paguaga, se arriesgó a adquirir los bonos de estos especuladores y no invirtió sus dólares en la banca local que les garantizaba unos intereses modestos pero más seguros? Elemental, mi querido Watson, por el afán de ver multiplicados sus dólares con rapidez, aunque al final el mundo camaleónico del mercado especulativo de valores los acabó hundiendo. Claro, esto no exime a los responsables, quienes seguramente ocuparon el dinero para cerrar un hoyo aunque para ello tuvieran que haber abierto varios más en un juego interminable de “fusilados” y “omblígates”.
Y así como jugaron estos tres personajes, así juegan los de INSS con los recursos de los asegurados, meten dinero aquí, sacan plata de allá, especulan en los mercados internacionales y nadie sabe cuánto dinero han perdido porque precisamente la transparencia no es una de sus virtudes. Igual hacen los militares con los recursos de sus previsiones muchos de los cuales están en mercados especulativos. La quiebra de muchas instituciones y muchos suicidios es resultado de sueños fallidos de enriquecimiento rápido. Sacar una cruz frente a estos tres personajes y agitarla como si se tratara de un exorcismo financiero es puro teatro. Como cantó Daniel Santos: “En el juego de la vida nada te vale la suerte porque al fin de la partida gana el albur de la muerte”. El autor es dirigente histórico socialcristiano.
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