El 3 y 4 de octubre de 1912 la marina de Estados Unidos de Norteamérica bombardeó inmisericordemente la ciudad de Masaya. Dos ejércitos la tenían sitiada, durante dos meses, en un cerco de hierro: por un lado el ejército conservador de Adolfo Díaz, con 300 hombres, y por otro lado el bien equipado y moderno ejército interventor de 2,000 hombres. Como muy bien lo narra Hernán Robleto (en su libro autobiográfico Nido de Memorias) , quien fuese testigo presencial de los hechos, “un fantástico derroche de municiones” era exhibido por los yanquis. Defendiendo Masaya, más que con armas, con el corazón y el pecho descubierto, un pequeño grupo de valientes patriotas (no más de 300) encabezados por el doctor y general, Benjamín Zeledón, con su gesta y con sus vidas, pusieron muy en alto el honor nacional.
“Desde Campuzano, en donde estaban los emplazamientos del invasor, saltaban sobre el Coyotepe las granadas para estallar en el aire o contra los muros de la iglesia parroquial”. Y en medio del fragor del combate y la metralla, “la banda musical de Hernán Zúniga que llamada por Zeledón, el vibrante himno de la administración liberal (Zelaya-Madriz) sonó en la tarde latinguiada. Sus notas se elevan al aire, puras entre los cañonazos, rayadas de proyectiles de ametralladoras. Debíase escuchar “la hermosa soberana por aquellos soldados de honor”.
Al amanecer de ese 4 de octubre de 1912, como lo describe el intelectual leonés doctor José H. Montalván en su monografía Hace medio siglo , “Coyotepe y La Barranca estaban en poder completo de los soldados norteamericanos, la Parroquia ya indefendible, la ciudad invadida por soldados del ejército de Díaz, en la Magdalena, Bombonasi, Monimbó, San Sebastián, se peleaba cuerpo a cuerpo”.
Rota las comunicaciones telefónicas, dice Robleto en su libro: “Cuando hablé a El Limón para que se replegaran, porque ya lo batían los norteamericanos desde El Coyotepe, el aparato del otro extremo no me escuchaba. El desmantelado fortín fue defendido por el general José María Zelaya, de quien nos llegaron noticias de su captura y suplicio, recibiendo heridas. En cambio voces altivas, inmortales, venían de la Barranca”: ¡Ya están esos bandidos en El Coyotepe! ¡Pero dígale al General Zeledón que aquí moriremos todos peleando como hombres!”
“Cuando la horrible presencia de los yanquis en El Coyote me dio en el alma, (añade Robleto) señalé la cúspide al general Zeledón que saltó de la hamaca. Le entregué los anteojos de campaña y los bajó al momento, abrumado. —Ellos no tienen la culpa —dijo lentamente— sino los que los llamaron. Pero nosotros hemos salvado el honor de Nicaragua.
Esa misma tarde, Zeledón trató de romper el cerco, dejó Masaya, entre el humo de los incendios, el tableteo de las ametralladoras y la muerte que rondaba. Tenía que perforar tres o cuatro líneas de los sitiadores, eran apenas unos treinta hombres, con una ametralladora de mano, pistolas y machetes, un viejo corneta los acompañaba. Zeledón pensaba regresar esa misma noche con unos supuestos refuerzos traídos desde Jinotepe. “Pero ya no pudo volver. Se desplomó acribillado por una caballería que le exigió rendición, ya rodeado por los dragones. Murió matando y su pistola solo contenía un cartucho disponible cuando cayó ya sin aliento; cartucho que había economizado para suicidarse en los momentos en que cayera sobre sus hombros las manchadas manos de sus enemigos”.
Cuando Zeledón recibe a su suegro, el doctor Gerónimo Ramírez, en misión del gobierno de Díaz para que se rindiese, su respuesta es lapidaria: “Si mis hijos van a sufrir pobreza que la sufran desde este momento; pero no quiero heredarles comodidad con cobardía”.
Ciento un año han pasado desde aquella gesta gloriosa, y ningún gobierno, organización o partido, ha podido erigir a este hombre el monumento que se merece. Zeledón debe ser colocado en lo más alto del altar de la Patria. Fue su gesta de hidalguía la que años más tarde inspirara al General Sandino en su defensa de la nacionalidad. Ninguna excusa cabe ante tal abandono. Ante su tumba humilde, ubicada en un rincón de Catarina, solo cabe su frase inmortal: “Nosotros hemos salvado el honor de Nicaragua”. El autor es abogado.
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