El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha elogiado el manejo gubernamental de la economía de Nicaragua. Al iniciar su evaluación económica del país, el martes de la presente semana, el jefe de la misión del FMI, Przemek Gajdeczka, dijo a los periodistas que “lo que vemos es que el desempeño económico y la implementación de políticas en los últimos años ha sido favorable y hay resultados positivos en términos de implementación de disciplina fiscal y también de política monetaria responsables”.
Se refiere el funcionario del FMI a la llamada macroeconomía y lo que él dice es lo mismo que han venido diciendo, en los últimos años, funcionarios económicos del Gobierno, voceros empresariales y economistas oficialistas. Sin embargo, el hecho de que la macroeconomía esté funcionando bien no significa que los nicaragüenses están disfrutando de una buena situación económica.
Sin duda que hay quienes están bien en Nicaragua, y muy bien, pero son la minoría. En cambio, los nicaragüenses desempleados, los miles de funcionarios públicos que fueron despedidos por el régimen orteguista y todavía no han encontrado trabajo ni les han pagado sus indemnizaciones; los que devengan sus salarios y sueldos en córdobas pero pagan precios dolarizados por los productos, bienes y servicios indispensables que consumen; a todas esas y personas y muchas más, no les llega el beneficio de la buena situación macroeconómica que, según ha constatado el FMI, existe en Nicaragua.
Se dice que si no fuera por la buena macroeconomía del país la situación material de la población sería peor. Quizás sea cierto ¿Pero de qué le sirve al nicaragüense medio y de abajo que el Gobierno practique la disciplina fiscal, que las reservas monetarias estén seguras y que las cifras de la inflación sean manejables, si los precios de los alimentos y servicios han aumentado, durante el régimen de Daniel Ortega, en un doscientos por ciento más o menos, mientras que los sueldos — a excepción del salario mínimo— se mantienen estancados?
Acerca de esta contradicción los expertos dicen que es necesario diferenciar la macroeconomía (que se refiere a política fiscal, disciplina monetaria, ritmo de crecimiento económico, control inflacionario y situación de las reservas internacionales), de la microeconomía, que es la que atañe directamente a la capacidad adquisitiva de la gente en el mercado de bienes, productos y servicios. Sin embargo, reconocer esa diferencia de conceptos técnicos de economía no resuelve ni mejora la situación de nadie
Algunos economistas aseguran que en realidad la economía es una sola y que la diferencia entre macroeconomía y microeconomía es una “esquizofrenia económica”, una percepción alterada y engañosa de la realidad. Por ejemplo, el economista mexicano Arturo Damm explica que “La distinción entre macro y microeconomía no es real” y agrega que “en la realidad, lo que existe es, sin más, la actividad económica de los individuos”. Resulta absurdo y ofensivo contra la inteligencia, advierte Damm, decir que “los resultados a nivel macro son buenos, aunque a nivel micro los mismos todavía no se dan”. Eso equivale a afirmar, por ejemplo, que a la familia Gómez Pérez le está yendo bien, aunque a cada uno de sus miembros le está yendo mal, expresa razonablemente el economista mexicano.
Tal es la esquizofrenia económica. Y por cierto que eso de alegrarse porque el país está macroeconómicamente bien, aunque la gente esté microeconómicamente mal, no es la única esquizofrenia del régimen orteguista.
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