Joaquín Absalón Pastora
A estas alturas todavía los misiles no viajaron a Damasco. Centellas parten. Y no las de la solución. Desde que Obama abrió la boca, los rayos que cubren el espacio son los de la incertidumbre de la “guerra oral”.
La ofensiva armada por el filo de la lengua comenzó desde que se planteó la intervención en Siria a raíz de que se descubrió el uso de las armas químicas en un país que día a día nos da lo que no es sorpresa sino rutina salvaje: el exterminio de seres humanos. Solo se anuncia que mueren, y basta. El mundo sigue su curso.
No es necesario saber que físicamente ningún misil ha prendido el cielo de Damasco en búsqueda del blanco para saber que la chispa rueda en los predios de Bashar al Asad, desde el momento en que Obama ha dicho que no tolerará el genocidio. Y no tolerar porque salió de la boca del presidente de una superpotencia significa que se podría actuar en cualquier momento.
En el instante todo se ha ido al canasto de las conferencias mediáticas donde hierve la reacción de otras naciones solidarias con las posiciones renuentes y retadoras de un joven que luce en el rostro la apariencia de un encorbatado indefenso, pero que ocultas lleva las charreteras que identifican al hombre duro. De piedras ha estado llena su posición. ¿En qué se basa? En que puede ser auxiliado por sus aliados, Rusia y Hezbolá, milicia de chiitas libaneses con fama de ser estrellas en el tenebroso firmamento del terrorismo. El caso es que dos potencias están implícitas en el drama. Tienen a dos seres queridos a los que juran lealtad e indeclinable apego. Estados Unidos amamanta a su Israel y Rusia a su Siria. Si tocan a Siria me tocan a mí dice Putin. Lo mismo ocurre con Estados Unidos respecto de su adepto. Hezbolá amenaza a este mientras Rusia pone naves en solidaridad con el mimo oriental al que apoya “sin pelos en la lengua”.
Toda esa rémora insertada en la querella teórica de los vocablos ha tenido trascendencia en los medios de comunicación internacionales, ha endurecido el panorama hasta el extremo de que no pocos “realpolitikers” y analistas expresan que la oportunidad de llevar esa guerra a una conclusión rápida se escapa de las manos porque hay en ella ecos de ramificación, desaprovechada una oportunidad en que el tirano de Siria mostraba inconsistencia, tiempos recientes en que los rebeldes parecían ganar, dejados en la soledad por los vociferantes actuales, embarrados por la sospecha de ser atroces fanáticos.
Está empeñada la palabra del presidente de Estados Unidos en nombre de la redención. Ese es el argumento y convence, más no en aquellos sectores para los cuales tiene prioridad la defensa de los intereses propios. Se oponen porque a ellos les puede ocurrir lo mismo. Entonces hay implicaciones extensivas y esto introduce a más partes en la internacionalización del conflicto. Desde luego todo se ha dicho a través de posturas oficiales y no de la acción, hasta el momento en que escribo, que es donde podría valorarse la consumación. Unos van por la advertencia, otros por la supresión del sistema. Variedad de formas y nada concreto que induzca al cese de la guerra oral. El autor es periodista.