Álvaro Taboada
En el caso sirio existen (fundamentalmente) dos corrientes contrapuestas entre sí, aunque ambas contrarias a la intervención estadounidense: Una de ellas condena automáticamente cualquier acción norteamericana, al estilo Evo Morales y compañía, quienes por afinidad mental se identifican con tiranos, cuando son “antimperialistas”. Don Evo expresaba, (mezcla de fanatismo e ignorancia), que la acción está motivada por el petróleo sirio. (Siria no es país petrolero importante).
La segunda corriente antintervención evalúa el interés nacional estadounidense, la realidad internacional, y la estima negativa considerando varios elementos. Arranca de la presunción (basada en experiencias históricas) de que la política exterior norteamericana usualmente ha incorporado tantos elementos idealistas como intereses materiales. Temas estratégicos y económicos. Defensa de la democracia, mezclada con episodios de complacencia con tiranías. Esta percepción estima que la decisión interventora sobre Siria es fundamentalmente ético-política: defender los derechos humanos, ante los crímenes de guerra del régimen sirio. Pero admite que el caso también implica elementos estratégicos: minar la periferia de Irán, Estado teocrático-antioccidental, aliado de Siria.
El tema se complica porque Siria es aliada de Rusia, que aspira mantener presencia en el Medio Oriente, donde Estados Unidos tiene como aliado principal a Israel, (una democracia), mientras Siria sufre una dictadura. Pero esto no invalida la realidad de la balanza de poderes en el escenario internacional: la decisión norteamericana de mantener su enorme influencia en el Medio Oriente es tan entendible como la decisión rusa de no ceder la que tiene, aunque sea menor. (Entre otros hechos, Siria le proporciona a Rusia una base naval en el Mediterráneo).
Y entonces cabe la pregunta: ¿es inevitable que Estados Unidos y Rusia se confronten frecuentemente? ¿Tiene intereses compartidos, mal manejados? Muchos adversarios de la intervención en Siria piensan que sí: Rusia y Occidente tienen diversos intereses complementarios y al menos un enemigo común: el islamismo. Rusia, con graves enfrentamientos con islamistas en su territorio (como en Chechenia), teme justificadamente que fanáticos musulmanes tomen el poder si cae Asad (un no islamista que ha protegido a las minorías cristianas, temerosas de ser masacradas si ganan los rebeldes).
¿Es Rusia el gran rival global de Estados Unidos? Realmente no. Más bien lo va siendo China. Mientras Rusia, en gran medida europea, no es amenaza en el Atlántico, China tiende a imponerse en el Pacífico. (Tiene disputas marítimas con Vietnam, Corea, Japón y las Filipinas, y aspira a bloquear eventualmente la presencia norteamericana en la región. Además tiene diferendos territoriales con Rusia.)
En lo relativo a Siria, los prointervención no saben a quiénes están apoyando, ni quiénes remplazarán a Asad, si es derrocado con auxilio de Occidente. (Los crímenes de los rebeldes, penetrados por Al Qaeda, son también horripilantes). Además, Siria podría fragmentarse entre alauitas, suníes, cristianos, y kurdos, lo que acentuaría la inestabilidad regional, un escenario globalmente negativo. Afortunadamente, la propuesta rusa formulada por Lavrov, ministro de Exteriores (someter el arsenal químico sirio a control internacional) ha abierto nuevas opciones.
Quienes rechazan la intervención por sano realismo político, exigen evaluar (de previo a cualquier acción) procesos y resultados, costos y beneficios (estratégicos, militares, políticos y morales). Ello determinaría cuándo es efectivamente posible defender los derechos humanos sin dañar los intereses nacionales. Desde esta visión, la ruta propuesta ante Siria por Mr Obama, que no explica los resultados de su cambiante estrategia, estimula el unilateralismo en ausencia de peligro para la seguridad nacional, daña a Estados Unidos y demás partes involucradas. El autor es Doctor (Ph.D) en Estudios Internacionales.