En el trastear del espíritu de Alberto Juárez su poesía se sacude al vaivén de emociones encontradas y cotidianas que lo llevan desde la expectación mística (poemas Crepúsculo, vida, tiempo. Pero , Si pudiéramos tener a Dios), al suave furor patriótico (poemas Dame la mano, Destello) a la sofocación emocional de vivir en una ciudad sofocante, Civitas Dite y no Civitas Dei, “Como anaqueles sin fondo”; cito “Comenzar de nuevo y vivir despierto / entre el smog y los motores infernales ”, al padecimiento del exilio físico-histórico, que es un exilio de cosas concretas, la ausencia de sus hermanas (poema A mis hermanas) “yo tengo unas hermanas gigantes”, dice el poeta, “que suelta ese olor a madre ya perdido” (poema Que vibre el teléfono) y otra vez el misticismo “Dios contempla la nostalgia de mis números” y el afán de vida “Yo solo quiero vino para brindar/ cuando acabe la guerra” (Poema Debo decirlo)…
Ovidio, en el exilio, lo único que quería era regresar a Roma, por eso escribe Las tristes que no es otra cosa que un largo llanto y ruego al manipulante emperador que le permita regresar. Canta el triste pájaro latino (43 a.C. al 16 d.C.) a su mujer “le dirás (mensajero) que vivo, más de modo que vivir no quisiera:/ que ni tan largo tiempo alivió nuestros males,/ y, con todo, que he vuelto a las Musas, aunque me hayan dañado”.
Los nicaragüenses, y en especial los leoneses, somos cultos intuitivos, y decimos, por ejemplo “ahí andaba fulano llorando las tristes”, sin saber que estamos citando al gran poeta latino. Y así sucede con el Quijote y con Sancho Panza de los cuales citamos multitud de sentencias sin haberlas leído, pero intuitivamente somos Quijotenses y Pancenses.
DE LA SOLEDAD
Finalmente, Alberto Juárez desemboca al término del libro a su proceloso mar de soledad y exilio, exilio interior del cual el poeta propone, ya veremos, dos escapes que suponemos serán plasmados en los versos de su próximo libro.
Yo ya conozco ese acontecer en carne propia. Dice el poeta: “Estoy buscando una salida / algún verso que palpita entre los dedos” (del poema Mi madre marcha a lo lejos). “Solo poseo un beso invadido de telarañas / un tiempo que se apresura” (de Sin que nadie me lo pregunte).
Aquí Juárez cobra conciencia de su temporalidad, es viajero hacia un futuro que no le interesa, sabe que lo importante es el viaje y no el destino.
En este sentido es que Jorge Chen, en el prólogo del poemario, lo llama un Flâneur, un hombre que acepta la fortuna o el infortunio con la rebelde resignación de quien sabe lo inevitable, una propuesta del budismo Zen más puro.
Su pasado es un beso con telarañas, nos dijo el poeta, y también una agonía “que lentamente se deshoja” (poema En busca de una hoja). Pero es una hoja de papel en blanco “porque —dice— se me vino el sol/, se me vino el tiempo /, se me cayó sin querer una idea”.
Es una hoja que será llenada de poesía, en un acto de sobrevivencia y de permanencia en el tiempo, aunque vaya viajando en él. Y Juárez se autodefine: “El hombre que mira el mar,/ y pasa / sin un fin, sin latidos,/ acaricia un espejo con quien habla,/ en los días de estío” (poema El hombre que mira el mar).
ESCAPE
Pero el poeta se rebela y nos advierte en Premonición: Alberto Juárez nos deja dos claros indicios de su propósito de escapar de su autoexilio. Veamos (poema En la mesa): “ veo alejarse mi tristeza como un pañuelo blanco entre las manos”.
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