Augusto Zelaya Úbeda
Nicaragua, te pegaron el rótulo de “Cristiana-Socialista-Solidaria”. Sentencia que llama a pensar donde, lamentable, campea la marrulla, el arribismo, las influencias indebidas y la antieducación. ¿Existe este vocablo?
¡Y no es exagerado! No es solo una actitud de los que están cerca del poder. Lo peor es que esas “conductas” se están generalizando y aceptando como “normales”. (Ese es el objetivo final). Ejemplo: Los diputados: nucas serviles que dejan pasar todo, el proceso del Canal, los escáneres Según ellos, “legislan”. Los abusos de las instituciones estatales, los jueces ¡Más penoso, algunos profesores de diferentes niveles! ¡Cómo defienden la corrupción! ¡Habrase visto!
La educación casi ha desaparecido. Cierto. La antieducación, los antivalores campean en el ambiente ¡doctor Belli, Cefas ¡Sigamos echando limón sobre esa herida! Desde el más alto cucurucho de la historia, Platón reclama la atención de los padres de familia sobre lo que, en las escuelas y universidades, sucede con sus hijos. Pero, además de la valiente actitud de los “viejitos”, de algunos jóvenes y de la carta de Luciana Chamorro, pasan sus cosas.
Estaba con mi esposa en un restaurante de los pueblos y de repente entraron dos diputados: un danielista y el otro “liberal”. Sin que nadie dijera nada, de pronto, comenzaron a sonar las mesas y un bajo rumor que poco a poco fue subiendo de intensidad: “Que se vayan, que se vayan ! ¡Qué horrible! Cabecigachos tuvieron que irse, entre los aplausos y burlas del populorum.
Esa maravilla de experiencia me hizo recordar otra situación ejemplar de la que fui testigo, hace ya algunos años: Iniciaba mi trabajo en Perú, formando y apoyando el funcionamiento de cooperativas rurales. Grupos de familias Aymaras y Quechuas y de campesinos desplazados por el terrorismo habían recibido tierras, algunas, antiguas y excelentes propiedades situadas en la fértil Costa peruana: Chimbote, Barranca, Huaral, Cañete Perú: país bello. En uno de esos grupos, en Huaral, al elegir su directiva, una mujer resultó como presidenta de la misma. Algo inusual, pero explicable en aquellos días de cambios. La empresa se manejaba bien. Naranjas, manzanas y peras que eran su principal producción tenían un muy buen precio. Todo iba bien. Un día se descubre que el tesorero de la empresa había realizado una venta amañada por la que le quedaron varios miles de intis. Al descubrir el caso, la directiva con la presencia y apoyo de nosotros, los asesores, decidió llevar al fulano ante el juez. Y ¡oh sorpresa!
La presidenta, doña Valentina, no recuerdo el apellido, una mestiza india-negra a la que yo admiraba mucho, se opuso a llevar al mafioso al juez. Pidió aplicarle la justicia de sus tribus ancestrales. Se discutió el caso y la pena debía ser ¡Madre mía lo que resultó: el domingo siguiente las familias de la aldea, incluso la del mafioso, temprano estaban en el trecho central de la callecita “principal”. En el centro de la calle, jóvenes de quinto y sexto grado de la escuelita formaban dos filas; cada joven portaba una vara de unos dos metros de largo, varejones flexibles de “uña de gato” usada como medicamento y que es parecida a nuestra “trinitaria”, con la singularidad de que tiene las espinas, una, curva para un lado y la siguiente curva para el lado contrario. El “tesorero” malandrín fue colocado en un extremo de la fila con el torso desnudo y los ojos vendados. ¡Lo empujaron a caminar por el medio! Y los jóvenes le daban varillazos en los brazos, en el pecho, en la espalda y en la cabeza. Al llegar al final de la fila iba ensangrentado, gritando y llorando. ¡Y, a gritos, pidiendo perdón! Los pobladores le gritaban: ¡Ladrón! Fue devuelto sobre el trecho andado y, en esta ocasión, una de las dos filas de jóvenes le echaba encima una especie de miel algo caliente y, la otra fila, le tiraba encima puñadas de plumas de aves. Al terminar el camino, el tipo fue liberado de sus ataduras.
Las familias se retiraron, excepto la del delincuente, esposa y tres jovencitos. Meloso ensangrentado y despreciado salió del pueblito. ¡No volvió jamás!
Yo estaba estupefacto e impresionado. ¡Qué ejemplo de justicia! Soy maestro y lo que más me impresionó fue que fueran jóvenes quienes castigaran al mafioso. Doña Valentina me explicó: “Don Augusto, algún día estos jóvenes van a tomar nuestro lugar. ¿Cree que van a atreverse a hacer algo similar?” ¡Qué lección!
Pienso ¿cuántas varas? ¿Cuánta miel? ¿Cuántas plumas necesitaríamos por acá para aplicar esas enseñanzas tan duras, pero casi infalibles? ¡Dios mío! ¿Por qué tardas?
El autor es Maestro.
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