Sergio Boffelli
Los obstáculos para que Nicaragua se enrumbe hacia la democracia son muchos y al mismo tiempo pocos. Muchos, mientras nos enfoquemos en los síntomas y se continúe cayendo en la trampa de Daniel Ortega cada vez que le urja distraer la opinión pública y fortalecer su esquema dictatorial.
Al dictador se le debe responder con contundencia o dejarlo solo, para que sea él quien se precipite —sin paracaídas— en el abismo en que pretende lanzar a otros.
En realidad el orteguismo es predecible, pues es el desorden, la confusión, el miedo, el único terreno que le permite sentirse cómodo. Es —digámoslo así— su estado natural, en el que además no muestra creatividad ni habilidades fuera de lo común. El caos es su origen y probablemente —como el eslogan de la desaparecida empresa Nica de aviación— su destino.
En unas semanas se subió a un caballo que terminará botándolo, al entregar la soberanía nacional en violación a la Constitución de la República y mostrar sus vicios empresariales; vapuleó a adultos mayores que reclamaban pacíficos su derecho a pensión reducida, y paramilitares y policías se ensañaron con los jóvenes que los apoyaron; aprobó impuestos engañosos a la población; su terrible obsesión por Zoilamérica lo llevó a expulsar del país a su pareja boliviana, y acosar a su familia con lujo de machismo institucional; defenestró a la diputada de su partido que no votó a favor del Canal; organizó marchas y concentraciones despilfarrando recursos del Estado, manoseando a los empleados públicos al obligarlos a acompañarlo.
Ortega hace esto porque está débil y con miedo. Son tácticas de los dictadores: violencia, verborrea, mentiras, disimulando una ilegalidad con otra y otra. Si estuviera fuerte buscaría consenso, con honestidad y transparencia.
Si esto es medianamente cierto, la población debe establecer prioridades para defender sus derechos. El menosprecio a la voluntad ciudadana es uno de ellos. Por los fraudes denunciados documentados en las elecciones municipales en 2008 y las presidenciales en 2011 —más el 8.5 por ciento de votos de 2006 y aún sin mostrarlos— revisar el proceso electoral y contar con autoridades idóneas es de primer orden. ¿Se justifica acudir a elecciones cuando las reglas del juego no son justas, los árbitros son asalariados del equipo contrario y sus decisiones amañadas?
La falta de autoridades y proceso electoral confiables es uno de los nudos gordianos que atan las posibilidades de democracia y paz en Nicaragua.
Una leyenda griega cuenta que el complicado nudo de la carreta del campesino Gordias, de la ciudad de Frigia, por augurio de los dioses fue escogido para que él lo desatara y conquistara Oriente.
Según la leyenda nadie lo lograba. Sin embargo, Alejandro Magno resolvió el asunto a su manera: desenvainó su afilada espada y lo cortó de un tajo, provocando que el dios Zeus, entre estruendos y tormentas, dijera: “Es lo mismo cortarlo que desatarlo”.
Si Ortega creyera ser popular, si le interesara la estabilidad interna y legitimidad internacional para su Gobierno, debería estar deseoso por deshacerse de magistrados electorales tan cuestionados, y hacer del poder electoral una institución independiente y creíble.
De lo contrario optará por mantener secuestrada a Nicaragua, atada a su miedo, con cadenas rosadas. Entonces la población, como el valiente Alejandro, estaría en su derecho de cortar el nudo de la manera que pueda. No creo que Zeus se oponga. El autor es periodista.