Al aproximarse el 34 aniversario de la caída de la dictadura somocista, la revista Magazine, de LA PRENSA, publicó en su más reciente edición un reportaje titulado La fortuna de los Somoza, en el cual se describen la historia y las etapas de la fabulosa acumulación de riqueza de esa familia, al amparo del poder.
No es posible repetir aquí los datos mencionados por Magazine, sobre cómo el general Anastasio Somoza García, fundador de la dinastía somocista, comenzó a amasar la inmensa fortuna que en su tiempo causó gran interés y asombro internacional. Y cómo sus sucesores, particularmente el último de la dinastía que fue el general Anastasio Somoza Debayle, emuló a su padre y utilizó el poder político sin escrúpulos de ninguna clase para incrementar la fortuna familiar y personal, hasta que se derrumbó socavado por su propia descomposición y por el cansancio de una población que ya no quiso soportar más el odioso binomio de corrupción y dictadura.
No quiso soportar más, decimos, porque durante largo tiempo mucha gente se acostumbró a la corrupción gubernamental, incluso le sacaba provecho. Los Somoza roban pero hacen, se solía decir en los mejores días del somocismo, y curiosamente lo mismo se diría tiempo después, durante el gobierno súper corrupto de Arnoldo Alemán, también liberal como el somocista.
En realidad, la corrupción gubernamental ha sido parte del folclor político nacional desde fines del siglo XIX y principios del siglo XX. El doctor Emilio Álvarez Montalván, en su clásica obra de consulta Cultura política nicaragüense, llama patrimonialismo a la corrupción, el cual “consiste en una tácita autorización a quienes ocupan posiciones de poder público para acaparar riquezas y bienes nacionales, como si por derecho propio lo merecieran. Los dictadores, que a lo largo de la historia hemos tenido, han sido los que más han sufrido ese privilegio ilegal”, advierte don Emilio, quien con el respaldo de datos contundentes sostiene que la dictadura somocista ha sido precisamente “el caso más típico” de corrupción o patrimonialismo.
Pero el doctor Álvarez señala que antes de los Somoza otro dictador liberal, José Santos Zelaya, también “procedió en forma similar, y además otorgaba graciosamente a sus amigos tierras del Estado”, y da a conocer hechos y nombres de personas favorecidas por el patrimonialismo zelayista. No deja fuera tampoco, don Emilio a la revolución sandinista, durante la cual “se refrendó el patrimonialismo” y advierte que lo clásico de este período fue “la piñata que adjudicó propiedades urbanas y rurales sin más títulos que tenerlas en su poder”.
Ahora la revista Magazine, además de reseñar la historia de la fortuna de los Somoza la compara con la riqueza amasada por Daniel Ortega, e indica que el caudillo sandinista, al amparo del poder y gracias al acuerdo petrolero con Venezuela, se ha convertido “en uno de los hombres más adinerados de Nicaragua”. Menciona Magazine las numerosas empresas que forman parte del enorme patrimonio orteguista, y destaca que “algunos calculan que en los siete años que lleva en el poder la familia Ortega Murillo ha acumulado más riqueza que la que acumularon los Somoza en 45 años”.
Es que la corrupción se repite en Nicaragua, como la historia, con Zelaya y con Somoza, con Alemán y con Ortega.
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