Francisco Aguirre Sacasa
Con tantas distracciones como la propuesta de construir un Canal Interoceánico en Nicaragua, muchos le hemos quitado la vista a Venezuela, su situación política y el desempeño de su economía.
Por la importancia de este segundo tema para los nicaragüenses, en marzo escribí un artículo de opinión para LA PRENSA sobre la economía venezolana a raíz del fallecimiento del presidente Hugo Chávez (q.e.p.d.).
Mi conclusión fue que el estado de su economía era hasta cierto punto un misterio. Sin embargo, fundamentándose en datos internacionales, como estadísticas publicadas por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), uno podía concluir que andaba mal. En términos folclóricos, concluí que el rancho económico venezolano ardía y que cualquiera que ganase las elecciones de abril enfrentaría grandes desafíos económicos y se vería obligado a reducir y modificar las modalidades de la ayuda venezolana a países como Nicaragua.
Tres meses más tarde, acabo de visitar de nuevo el cuadro económico de Venezuela y, analizando fuentes internacionales disponibles, confirmo que la problemática económica de Venezuela en vez de mejorarse se está profundizando.
Comencemos por el sector petrolero ya que genera el 95 por cientos de las exportaciones del país, más del 50 por ciento de sus entradas presupuestarias y anda por el 30 por ciento de su economía total.
Según cifras confiables, el sector petrolero sigue en franca crisis. A pesar de que los yacimientos venezolanos son entre los más grandes del mundo, la producción de petróleo de Venezuela se estima el 2.3 millones de barriles por día (bpd). Aunque esta cifra es alta, representa un bajón de casi 30 por ciento con relación al oro negro que Venezuela bombeó en 2000, el año después de que Hugo Chávez fue electo presidente por primera vez. En otras palabras, las tendencias son pésimas.
Desde 2000, las exportaciones venezolanas de petróleo han bajado aún más que la producción: 50 por ciento. Esto se debe a dos factores: la reducción en producción del oro negro y un consumo interno cada vez mayor estimulado por equivocadas políticas públicas que prácticamente resultan en que los derivados de petróleo se regalen nacionalmente.
Lo que está pasando en el comercio petrolero entre Venezuela y Estados Unidos, tradicionalmente su mercado principal, refleja las tendencias globales. Las importaciones estadounidenses de Venezuela han caído en un 50 por ciento. Pero al mismo tiempo ha ocurrido otro fenómeno.
Los Estados Unidos le han estado exportando cada vez más derivados de petróleo (como gasolina y diésel) a Venezuela. En junio estas exportaciones norteamericanas bajaron las exportaciones netas de petróleo venezolanas a Estados Unidos a menos de 700,000 bpd, ¡el nivel más bajo en 30 años!
Y no olvidemos que el valor de los derivados es mucho más alto que el del crudo, dejándole una ganancia cada vez más baja a Venezuela.
Mientras esto está pasando en el crítico sector petrolero, la economía venezolana está siendo castigada por otros factores. Uno de ellos es el colapso del precio del oro que el 8 de julio, el día que escribí este análisis, cerró en US$1,235 por onza, o 45 por ciento por debajo de su precio más alto en un año.
Esto es importante para Venezuela porque el presidente Chávez —en uno de sus arranques nacionalistas— decidió convertir el 70 por ciento de las reservas venezolanas en oro para así “romper con la dictadura del dólar”. Ahora que el precio del oro está desmoronándose, las reservas venezolanas se han consumido. Según Bloomberg, un prestigioso servicio financiero, han caído por debajo de US$25 mil millones.
Para poner esta cifra en perspectiva, tan solo cubrirían dos meses de importaciones versus diez meses en 2005. Y andan bien por debajo de los 13 meses de importaciones que cubren las reservas brasileñas y los cinco meses que cubren las de Chile y Colombia.
Con esta precaria situación de reservas, una inflación que se está disparando y que ya alcanzó un ritmo de 35 por ciento anual —el nivel más alto del mundo— y una creciente brecha entre el valor oficial del Bolívar, 6.3 por dólar, y su valor en el mercado negro, más de 30, Venezuela es uno de los países con más dificultades en el mundo.
Por sus deficiencias estructurales y distorsiones económicas, Venezuela se ve obligada a pagar 11.8 por ciento de interés para colocar sus bonos en el mercado mundial, la segunda tasa más elevada entre países “emergentes”.
En vista del despelote que es la economía venezolana, no es extraño que Standard & Poor’s, un servicio que evalúa el desempeño de países y empresas, recientemente bajó el rating crediticio venezolano a su nivel más bajo en ocho años. Ahora Venezuela tiene un rating inferior al de España, Portugal, Italia y ¡hasta Chipre!
Lo que sí encuentro extraño es que todavía hay economistas y analistas nicaragüenses, supuestamente objetivos, que insisten en que la “ayuda” que Venezuela le brinda a nuestra patria no será afectada por lo que está pasando en esa hermana república.
Me imagino que su valoración optimista está basada en declaraciones hechas por representantes venezolanos y de nuestro Gobierno en la reciente cumbre de Petrocaribe que se celebró en Managua.
Mejor harían en basar sus pronósticos en un análisis frío de las realidades en Venezuela. El autor fue presidente de la Comisión de Economía, Presupuesto y Producción de la Asamblea Nacional.