Julio Portocarrero
Quienes conocieron y estuvieron cerca del casi ya santo pero siempre amado Juan Pablo II, comentan que él ansiaba ir a Medjugorje. Inclusive nunca prohibió que los peregrinos alzaran vuelo a Bosnia, tierra marcada desde el 24 de junio de 1981 con el abrazo amoroso de la Madre de Dios.
El papa siempre quiso ir a Medjugorje y si no lo pudo hacer durante su vida y pontificado fue porque su presencia significaría un reconocimiento oficial de parte de la santa sede, acerca de los acontecimientos que han cambiado la historia de la Iglesia, en ese territorio que antes perteneció a la ahora extinta Yugoslavia.
Y es que Medjugorje es para miles de cristianos contemporáneos el Lourdes de este siglo. Es como un Fátima que resurge y en el que nuevamente María, en nombre de Dios, nos llama a la penitencia con una voz suplicante que evoca las palabras de Cristo en el evangelio: “Arrepiéntanse y crean en la Buena Nueva”.
Y ese ha sido el mensaje que resuena en Medjugorje desde hace 32 años, pues María, fiel a la misión que Dios le ha confiado, ha permanecido al pie de nuestras cruces. Se ha convertido en la perpetua auxiliadora de nuestras necesidades, en la salud de nuestros enfermos y en la dispensadora de las innumerables gracias que proceden de Aquel, ante quien se debe doblar toda rodilla en el cielo y en la tierra.
En su afán de reunir a todos sus hijos frente al Corazón misericordioso de Dios se ha manifestado desde entonces en Bosnia, y ha sido la paz el mensaje que siempre y tras cada visita ha brotado de sus purísimos labios: “Paz, paz y solo paz. Debe reinar la paz entre Dios y los hombres y entre los hombres, a fin de que la paz se convierta en el tesoro más grande de este mundo sin paz”, fue uno de sus primeros mensajes a los videntes.
La Gospa (Señora en croata) que un grupo de jóvenes inició a ver desde entonces, hacía mucho énfasis en la importancia de trabajar por la paz; palabra inusual en una tierra en la que todo parecía marchar bien, pero que diez años después se vería inmersa en los más terribles enfrentamientos bélicos de la Europa del siglo pasado.
Pero ese mensaje de paz no era la respuesta a los conflictos armados que oscurecen nuestros tiempos. ¡No! Ella con el lenguaje que solo conoce la sabiduría de Dios se refería a la paz que necesita el ser humano de hoy, una paz que proviene del don de la reconciliación, del descubrimiento del sentido de nuestra existencia y de una entrega desinteresada al cumplimiento del evangelio de aquel que antes de invitarnos a amar, nos amó primero.
Desde entonces su llamado permanece como una llama encendida a la vista de todos. Muchos han encontrado en Medjugorje la Misericordia de Dios. Son miles los que, apoyados por la intercesión de María, han encontrado sentido a la vida, en este tiempo en el que como dice el papa Francisco, vivimos en la cultura de lo descartable.
María sigue siendo la mujer sencilla de Nazareth que un día dio un sí seguro, desinteresado y sincero para el cumplimiento de la voluntad de Dios, de quien Ella es la más pequeña de sus hijas, la más obediente y la más dispuesta a cumplir su voluntad; inclusive cuando esta la llevó a privarse de sus propios planes.
Juan Pablo II, el grande, y el más pequeño, siempre estuvo consciente de esa misión profética de la Madre de Dios. De ahí que consagró su pontificado con las siguientes palabras: Totus Tuos que en nuestra lengua significa Todo Tuyo. Él vivió en carne propia los horrores de estos tiempos, el dolor que causa la desintegración y violencia en los hogares, el llanto de los migrantes y la lucha silenciosa de los no nacidos.
La Madre, fiel a su misión y atenta a las súplicas que él siempre le dirigió desde la Cátedra de San Pedro, nunca estuvo lejana de sus pasos. Y no lo está de los nuestros también, pues peregrina con nosotros, imperfectos y desobedientes; mientras caminamos en este valle de lágrimas. Desde Medjugorje y en vista hacia la Cita Eterna, nos ha de ver con sus maternos ojos mientras pronuncia aquellas primeras palabras de Fátima (1917) y Medjugorje (1981): “Não tenhais medo”. El autor es estudiante de Comunicación Social
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A