Las Filipinas, al otro lado del mundo, vino a ser el imaginario del vasto Imperio Español de Felipe II, donde nunca se ponía el sol. Situadas las Filipinas en los 10 grados sobre la línea ecuatorial, se le consideró como el punto más cercano al Istmo de Tehuantepec.
Esta cercanía con Tehuantepec, la parte más angosta de México, con dos golfos, uno en el Atlántico y otro en el Pacífico, inspiró el sueño del siglo XIX: un Canal Interoceánico para no tener que viajar hasta el Estrecho de Magallanes. En aquellos tiempos y en estos, un Canal Interoceánico sigue siendo una aventura que ni las principales potencias marítimas del siglo XIX: Inglaterra, Francia y Holanda estaban en capacidad de afrontar.
El sueño de Tehuantepec se deslizó hacia Nicaragua, desde el mismo momento en que Martín de Estetes en 1525, navegó por el Cocibolca y fue detenido en los raudales del río San Juan.
La posibilidad de unir los dos océanos en Nicaragua aprovechando el río San Juan y el lago, se volvió un interés compartido por científicos, viajeros y diplomáticos que visitaban Nicaragua. Entre 1544 y 1899, las expediciones científicas que llegaron a Nicaragua levantaron 19 mapas y se escribieron más de 20 informes oficiales sobre la posible ruta canalera.
En 1567, el rey Felipe II envió al ingeniero italiano Juan Bautista Antoneli para estudiar la viabilidad de un canal por el río San Juan y el istmo de Rivas. El costo de la obra era oneroso y ninguna nación de esa época podría afrontarlo. Desde ese momento nació y se popularizó el imaginario del Canal de Nicaragua.
(Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, “imaginario” se refiere lo que solo existe en la imaginación).
Entre 1871 y 1804 luego de un estudio topográfico, el ingeniero español Manuel Galisteo declaró imposible la construcción de un Canal Interoceánico en Nicaragua, debido al gran desnivel entre el océano Pacífico y el Lago de Nicaragua, lo cual significaba que el lago derramaría toda su agua en el mar y quedaría como un charco de aguas tibias.
En 1850 el coronel Orbille W. Childs, del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos, realizó un estudio científico de la ruta interoceánica por Nicaragua, y estimó que el canal podía construirse en un plazo de seis años a un costo de 31,538.319 dólares. Cifra inalcanzable por ningún país desarrollado de esa época.
A principios del siglo XX, en 1929, el gobierno norteamericano envió un contingente de 25 oficiales y 285 miembros del Cuerpo de Ingenieros de su ejército, dirigidos por Daniel I. Sultan, para realizar un nuevo estudio de la ruta canalera. La misión estimó el costo del proyecto en 722 millones de dólares. Aún para los Estados Unidos, la nación emergente como la más rica del mundo, la suma resultó muy alta.
Amplia y variada es la literatura sobre la idea de construir un Canal por Nicaragua; y al final quien podría construirlo, los Estados Unidos, se decidió por Panamá.
Ahora tenemos que un Canal por Nicaragua, que nunca se ha podido ni se podrá construir, se ha convertido en el imaginario del pueblo nicaragüense, alimentado por los malos gobierno de este país, que ofrecen el Canal como una panacea para todos los males que Nicaragua padece, no por falta del Canal, sino por la rapiña e irresponsabilidad de sus gobernantes. El autor es periodista
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