El pecado del hombre es la vanidad, se ha dicho reiteradas veces. Batallas que estaban ganadas se convierten en derrotas por la debilidad humana de sentirse indispensables, la ambición de destacar y el placer de ser reconocido como el triunfador.
La lucha que se había apoderado del corazón de los nicaragüenses, la de los ancianos en busca de sus pensiones reducidas, terminó siendo un triunfo de la dictadura. Las universidades, los comercios y hasta la embajada de los Estados Unidos cerraron sus puertas muy temprano previniendo el caos que se avecinaba por la contra marcha del Gobierno, programada para el pasado lunes por la tarde, pero en una jugada digna de Capablanca, los orteguistas se robaron el show al salir a las calles a apoyar lo que los opuestos a ese Gobierno habíamos venido apoyando sin éxito. Las hordas de Gustavo Porras sorprendieron al tomarse las calles en apoyo a las pensiones reclamadas y no a vapulear a los reclamantes.
Sin embargo, la rendición del rey se dio cuando la figura central del acto, que se dio a continuación de la marcha, fue nada más y nada menos que el vocero oficial de los reclamantes, a quien le permitieron pronunciar un discurso en el que quedó plasmada la posición inclaudicable de los miembros de la Unidad Nacional del Adulto Mayor (UNAM), reiterando la apoliticidad de la organización y la legitimidad de su reclamo. Don Porfirio García se despachó hermoso ante una gran multitud de manifestantes que lo aclamaban como nunca antes, haciéndolo sentirse como un legítimo ganador que recibe las palmas del pueblo que lo apoyó en su lucha desigual y solitaria. Nada más falso que ese concepto, porque los que lo aplaudían y le daban tratamiento de héroe, son los mismos que lo habían agredido, desalojado y vapuleado las noches anteriores. Don Porfirio estaba recibiendo el aplauso de los que habían recibido la orden de vejarlo.
La vanidad atrapó a don Porfirio en la vorágine del éxito prefabricado y lo hizo alucinar con la visión de una victoria preñada de resultados.
Las lecciones más visibles de esta jugada maestra del ajedrez nacional es en primer lugar la falsedad del gobierno de Daniel Ortega, quien dijo ayer que no había fondos y hoy, por un acto de magia, hay. En segundo lugar quedó expuesta la condición de títeres de los funcionarios del gobierno orteguista. El bulldog Porras que ladraba ferozmente aterrorizando a los indefensos ancianos, de repente se vuelve su principal apoyo. El muñeco parlante que está a cargo del INSS, quien explicaba que no se podían pagar las pensiones reducidas por ausencia de fondos, aparece al día siguiente diciendo que hay fondos para pagarle a los viejitos, gracias a la magia negra de la señora primera dama de la República.
No es que nos extrañen los cambios radicales del gobierno orteguista, es que nos cansan las palabras huecas llenas de falsedad y escarnio.
El gran derrotado fue don Porfirio, que de ganador se transformó en perdedor al caer en la trampa más vieja de Daniel Ortega: las promesas.
Pasarán los meses y esa pensión soñada seguirá guardada en el baúl de las ilusiones y veremos de nuevo a los valientes viejitos luchando por lo que es suyo y no se lo quieren dar. ¿Veremos de nuevo a don Porfirio? El autor es comentarista político.
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