Ezequiel D’León
El soñar es una actividad natural del cerebro humano. Si la vida es un sueño continuo, los sueños nocturnos son vidas discontinuas. En el soñar se elaboran deseos cotidianos, miedos profundos, fantasías extravagantes del subconsciente, visiones de sí mismo.
Hay vibraciones sutiles en las ondas cerebrales mientras soñamos. Soñamos para reciclar la imaginación. Soñamos para saldar cuentas emocionales y proyectarnos hacia el futuro. Soñamos para entrenar la imaginación. Soñamos para odiar y para amar. En el soñar creamos realidad interior.
Entre muchos otros escritores y escritoras, William Shakespeare, Francisco Quevedo, Sor Juana Inés de la Cruz, Rubén Darío, André Bretón, Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro y Alejandra Pizarnik indagaron el ámbito mental de los sueños desde una curiosidad minuciosa, como esa zona desconocida y alucinante de donde nacen seres y figuras de un mundo mágico que subyace a la realidad cotidiana.
Los sueños son una de las fuentes más interesantes para crear literatura. El movimiento surrealista explotó esta fuente onírica, a raíz de las indagaciones del psicoanálisis, como materia prima de las figuras empleadas en textos literarios. El sueño es en sí mismo una fuerza creativa indiscutible. Alguna vez me decidí a tener un diario de sueños. Cada sueño lo iba escribiendo con plena descripción y detalle; a lo largo de dos meses tenía un repertorio de figuraciones de todo tipo: una mina para explorar todo tipo de escrituras, especialmente relatos y poemas.
Julio Cortázar nos alude: “El sueño, esa nieve dulce / que besa el rostro / lo roe hasta encontrar / debajo sostenido por hilos musicales, / el otro que despierta”. Los sueños nos muestran algo de nosotros mismos que desconocemos, un algo que está en nuestra sombra, un algo oculto, un algo que sale a flote porque reclama estar en el yo consciente. El arte entonces puede aventurarse a jugar con estos estados de conciencia con fines ilimitados hacia un rostro nuevo que se descubre.
He aquí un reto de experimentación que lanzo al lector de esta nota: no dejar ir sus próximos sueños y crear algo, con las letras o por otro medio expresivo, a partir de ellos. Será, sin duda, una posibilidad de conocerse a sí mismo, una travesía de hacer consciente alguna cosa perdida e imaginarse a sí mismo en una nueva realidad.
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