Con mucho regocijo sentimental, y teniendo muy en cuenta las normativas de esta sección para la aceptación de las colaboraciones para el proceso que finaliza con la publicación, escribo este artículo muy ligado a mi vida como exalumno y docente por varios lustros del prestigiado y bien recordado Instituto de Masaya, que en mayo del 2013 registró dos aniversarios que tengo bien clasificados en mi archivo en la casilla “magisterio-patrio”; y para una exacta cronología menciono primero la fundación de este centro de estudio con partida de nacimiento en mayo de 1883 y seguido el 65 cumpleaños de su nacionalización en los primeros días de mayo para posteriormente el Congreso Nacional el 1 de julio de 1948 declara por Decreto-Ley que nuestro instituto queda en la categoría de nacionalizado.
Originariamente este centro, de cuya vida me ocupo, fue reconocido como “Liceo de Varones de Masaya” y fue una creatividad excelente de un grupo de ciudadanos identificados en esta memoria como Junta Educativa de Padres de Familia. Se nombró por unanimidad por esta junta educativa como director del citado liceo al sabio maestro de generaciones don Pablo Hurtado y como asesor adjunto a don Trinidad Cajina. Otro personaje que tuvo destacada actuación como profesor fue el distinguido historiador de competencia ejemplar, don Jerónimo Pérez.
Años posteriores y con una matrícula bien poblada de alumnos se cambia el nombre de liceo y se adopta temporalmente el nombre de Colegio Superior de Masaya y en 1910 se inscribe en definitiva como Instituto de Varones de Masaya, entrando por la puerta grande de la historia de Masaya a partir, como dije, de 1948 como Instituto Nacional de Masaya como todavía se identifica. Notables educadores del territorio nacional y profesores contratados del extranjero se desempeñaron con mucho éxito en faenas educativas inolvidables.
Menciono con respeto a los profesores Trinidad Cajina, Porfirio Rocha, José Dolores Navarro y el sacerdote Adolfo Gil, don Santiago Argüello, Alejandro Angulo Guridi, y por un período bien señalado estuvo como director el doctor Filadelfo García Osorno, fallecido en el ejercicio de su cargo a fines de 1947, y le sustituye el doctor Carlos Vega Bolaños, quien estuvo al frente y ya nacionalizado el instituto por más de veinte años hasta su jubilación, ya en los primeros años de la década ochenta-noventa.
Tengo bien grabado quiénes fuimos los primeros alumnos del doctor Vega Bolaños en el año escolar 45-46, como su puntual asistencia a su cargo educativo con mucho amor y total entrega a la enseñanza y definido para metas trazadas para nosotros, sus alumnos. En 1959, establecido como jurista en Masaya, el doctor Vega Bolaños, mi antiguo maestro, me hizo la oferta de formar parte del cuerpo de profesores del Instituto y en un lapso bien determinado impartí las clases de Educación Cívica, Lógica, Filosofía y Psicología. A muchos profesores difuntos les fueron dedicadas varias promociones de bachilleres, igual que al suscrito y otros compañeros docentes de brillante nivel intelectual.
Debo confesar y lo ampara mi archivo que lo realizado por Vega Bolaños debe estimarse sobresaliente, ejemplar y de cotidiana referencia educativa. Quede para la historia de Masaya que en la década del treinta-cuarenta del siglo pasado los profesores ejercían sus funciones con salarios lastimosos, pero con una eficiencia de mucho patriotismo.
Dejo anotados los nombres de Cristóbal Rugama, Ramón Jirón, Arturo Núñez, Aarón Tuckler y José Santo Guerrero Barboza. Y, con mucho afecto, se recuerda ya en estos últimos años con mucho cariño la enseñanza de maestras de total dominio de las asignaturas que impartían como fueron doña Betty Sandoval, Mirna Palacios, Dina Bermúdez, Manuelita Chávez, y la licenciada Melba del Carmen Dávila Altamirano. No dejo en el tintero a la comisión de cultura que conformamos Santiago Palacios Ruiz, Raúl Pérez Ortega y Guillermo Gutiérrez.
Hasta aquí esta resumida historia del Instituto Nacional de Masaya y como sobreviviente a Dios gracias, elevo plegarias por los profesores en los predios celestiales y por los que aquí todavía gozamos de la protección de Dios Divino. El autor es Miembro de la Academia de Juristas y Ciencias Políticas de Nicaragua.
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