“Cuatro puertas hay abiertas al que no tiene dinero, el hospital y la cárcel, la iglesia y el cementerio”, cantaba Daniel Santos hace cincuenta años para señalar los únicos caminos que quedaban a los palmados. Pero, parodiando la letra de ese pegajoso bolero, a los dictadores, que viven avasallando a sus pueblos, solo les quedan al final de su camino tres puertas abiertas: la muerte ignominiosa, la cárcel o el exilio.
Somoza García se fue al otro lado forrado de plomo y su hijo Anastasio, quien al fin y al cabo no escapó a ese destino fatal de los tiranos, murió hecho pedazos en Asunción, Paraguay. Cincuenta años de dictadura somocista se esfumaron en segundos a través de las muertes violentas de sus principales protagonistas.
Los dictadores se creen intocables y jamás se ponen a pensar que algún día los pueblos les van a pasar la cuenta. Ni más ni menos así les pasó a dos gorilas de viejo cuño, Videla, de Argentina y Ríos Montt, de Guatemala, quienes no se imaginaron que la justicia los perseguiría hasta el fin de sus días para hacerlos pagar por los crímenes atroces cometidos contra sus pueblos.
Videla murió en prisión a las 87 años y todavía quedó debiendo pues fue condenado a dos cadenas perpetuas por ser responsable de la muerte de más de más de 30,000 personas que fueron fusiladas, torturadas y arrojadas vivas al mar y por haber entregado a unos 500 bebés, hijos de prisioneras políticas embarazadas que parieron en prisión, a familias ligadas a la dictadura, entre otras prácticas abominables.
A sus 86 años, Ríos Montt, el Herodes guatemalteco del siglo XX espera pasar 80 años (toda su vida si volviera a nacer) en la sombra por masacrar a niños en la zona del Petén en Guatemala para evitar, ¡santo cielo! que la guerrilla de los años setenta pudiera germinar en los niños. Muchas criaturas fueron asesinadas solo por la sospecha de que sus padres eran guerrilleros.
Estos dos genocidas forman parte del tristemente célebre listado de dictadores que se creyeron eternos y que en el ocaso de sus vidas solo tuvieron tres puertas abiertas: o fueron a la cárcel o murieron desterrados o los pueblos les pasaron la factura haciéndolos picadillo. El pomposo Sha de Irán, que vivía con un lujo propio de Las mil y una noches terminó sus días en Francia, en una soledad absoluta. El caníbal Idi Amín, de Uganda, que se comía a sus enemigos políticos, acabó en Arabia Saudita.
La lista es interminable: Stroessner, de Paraguay, murió en Brasil; Marcos, de Filipinas, murió en Hawai; Francois Duvalier, “Papa Doc”, el brujo haitiano, murió en Francia; Mubarak, de Egipto, espera la muerte en un frío calabozo del Cairo; Hussein, de Irak, murió ahorcado y cuatro dictadores famosos por sus extravagancias tuvieron muertes atroces a manos de insurrectos de sus propios países: Trujillo, en República Dominicana; Gadafi, en Libia, Mussolini en Italia, y Ceaucescu en Rumanía, para mencionar unos cuantos.
Todos se creyeron inmortales y vivieron pisoteando a sus países, saqueando sus riquezas, acumulando capitales, atropellando los derechos humanos y aplastando las constituciones para eternizarse en el poder. De ellos al concluir la jornada no queda nada salvo su amargo recuerdo como una enorme mancha negra en la memoria de los pueblos. EL AUTOR ES DIRIGENTE HISTÓRICO SOCIALCRISTIANO.
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