El milagro de la vida sucede en el vientre de una madre.
Todos y cada uno de nosotros somos madres cuando creamos algo nuevo llevando este concepto a límites filosóficos que quizás traspasen nuestro entendimiento.
Y es en ese silencio en donde no se ve ni se oye que se es madre y es en ese silencio, el silencio de Dios, porque a Él ni lo vemos ni lo oímos, que se crea y se conforma lo que yo llamaría el misterio de la maternidad que no es más que el de la creación divina.
Así de tan grande es la responsabilidad de la maternidad y del respeto que se debe a todo ser que tenga este don y a todo ser que se forme en ella.
Ser madre es dual y recíproco además de silencioso. Pues tanto el ser que lo forma como el creado merecen el mismo nivel de respeto sin distingo de tamaño, edad, color, condición social o nivel antropomórfico.
Es un infinito donde existen tantas madres como átomos y células.
Una madre puede ser el corazón de Bosawas, nuestro río Coco o San Juan, depredados hoy por mentes necesitadas o enfermizas que destruyen lo que nos hizo nacer y nos mantiene vivos.
Todo el que cuida de nuestra existencia es también una madre igual a como lo hacen nuestras mamás a las cuales les celebramos su día con flores y besos, olvidándonos de la Madre Tierra con sus árboles que nos dan oxígeno, con sus aguas que nos calman la sed, con su tierra donde germina el alimento de todos los días. Con las florecillas de los caminos del padre Pallais. Sin esas madres, que al final son una sola, nuestras madres tampoco existieran.
Dar a luz, un factor simple e importante, uno de los cienes de este misterio, el que representa al fuego mitológico como una de las fuerzas del universo significa también, amamantar, cuidar, proteger, dar aliento, calor y mejorar todo aquello que originamos para hacernos madres de verdad.
Madre es el profesor que enseña a sus alumnos con dedicación, el campesino que siembra sus frijoles con amor y sudor para darnos de comer, el que respeta el bosque, el que no bota basura para no contaminar a nuestras aguas. Madre es el que no destruye nuestra fauna y cuida con celo las playas de los mares y lagos. El que respeta el sentido de patria sin abusar de nuestras leyes, sin pisotear la dignidad de un pueblo y nos gobierna con su corazón limpio. Madre es el poeta y el pintor que en sus odas y lienzos canta y revive las luces de nuestros corazones. El que toca su guitarra con dulzura y nos arrulla con su música. El trovador errante que en su teatro ambulante nos enseña que la vida es un sueño que vale la pena vivirlo.
¿Qué más tierno y dulce que el árbol que da la semilla y nos cobija con su sombra, que la hormiga que carga sus huevos de un lugar a otro para proteger su progenie, que la vaca que lame y amamanta a su ternero o el pájaro que construye el nido con afán y destreza para sus polluelos, que la paciencia de la gallina que empolla sus huevos, que el hombre que respeta y protege a la madre de sus hijos o la madre que defiende sin predecir las consecuencias, al ser que se forma en su vientre sea cual sea el origen y las circunstancias de esto? Todo, todo rodeado de ese silencio magistral que nos da la creación del universo. El silencio de las estrellas que nos observan desde el cielo.
Ser madre va mucho más allá de ser mujer.
Por esto, gracias y bendiciones a todos aquellos que son madres. Desde la tortuga cansada que sale del mar a poner sus huevos en la arena hasta el que respeta a esos huevos, desde el que recoge la bolsa de plástico tirada en el camino para evitar que se ensucien y envenenen nuestras fuentes acuíferas hasta aquella que después de su dolores de parto, me carga entre sus axilas con la pana en la cabeza gritando paso a paso ¡los tamales calientes, el chicharrón, las naranjas dulces! ¿Vas a querer amorcito?, con aquel cantadito náhuatl que se eterniza en nuestras calles y mercados. El silencio de nuestra raza perdida.
Y, por supuesto, madre es la que me oyó llorar por primera vez y que, pase lo que pase, con su silencio me perdona. El autor es Médico y Cirujano
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