Lo tuve que leer dos veces. Me parecía una solicitud propia de algún pobre país del tercer mundo, destruido por una guerra civil o un terrible terremoto. Pero no era así. Se trataba de Venezuela. “Maduro pide ayuda alimenticia y energética urgente a Brasil”, tituló el pasado día 10 el prestigioso diario español El País en su página electrónica.
Maduro pidió a la mandataria brasileña “una ayuda urgente, con carácter de emergencia, de productos alimentarios para abastecer a su país, y lanzó un SOS para que Venezuela pueda enfrentar la actual crisis energética que lleva provocando apagones en el país”.
Pidió azúcar, aceite, harina de maíz y leche. Uno se pregunta, ¿es que Venezuela es un desierto, montañas peladas, o un islote sin tierras para producir?
Y resulta que es todo lo contrario. Uno de los lugares más dotados del mundo en cuanto a tierra agrícola se refiere, con enormes ríos para irrigar todo, y un clima perfecto.
Es casi imposible entender que un país así, montado además sobre las reservas de petróleo más grandes del mundo, pida ayuda para comer y alumbrarse. Más aún cuando ha vivido en paz, sin bloqueo ni embargo, y ha sido gobernado por el mismo liderazgo en los últimos 14 años.
Entonces, ¿qué es lo que sucede allí que teniendo tierra, agua y plata en abundancia para comprar tractores, vacas y todo, no puedan producir ni maíz ni leche, y tampoco puedan generar energía teniendo el petróleo debajo de sus pies?
Uno no puede menos que concluir que lo que ha pasado es que la llamada “revolución bolivariana” fracasó porque cometió los mismos errores que la revolución cubana, en los que también incurrió la revolución sandinista.
Es decir, creer que confiscando la propiedad privada la gente va a producir más, que destruyendo al productor y al empresario el Estado va a generar más progreso y bienestar, y que dividiendo al país en dos bandos, “los revolucionarios” por una parte, y “los burgueses, contrarrevolucionarios, imperialistas” por otra parte, este segundo grupo va a desaparecer.
Qué error más grande, pero qué fácil es caer en él porque, como bien dice el dicho, “nadie aprende en cabeza ajena”. Cuba cometió el error en los sesenta y, en lugar de corregirlo, buscó el subsidio de los soviéticos y ahora de Venezuela. El FSLN lo hizo en los ochenta y también se sometió a la dependencia soviética hasta que el voto libre del pueblo cambió las cosas.
Poco después los soviéticos se desmoronaron por haber cometido los mismos errores años atrás. Y luego Venezuela comete la misma equivocación al extremo que aún agarrados a la enorme manguera del petróleo, nada les funciona.
Es paradójico que mientras en Nicaragua los supermercados están llenos de alimentos y no se va la luz, y el país crece al cinco por ciento sin tener una gota de petróleo, en Venezuela no haya ni leche ni azúcar ni maíz y se vaya la luz todos los días, a pesar de estar montados en un inmenso lago de petróleo.
¿La diferencia? Aquí aprendimos la lección de los años ochenta y Venezuela se niega a aprenderla.
Y la lección es simple: Cuando un gobierno se cree iluminado e impone las decisiones excluyendo al sector empresarial y productivo, donde los ciudadanos solo tienen que obedecer lo que el Gobierno ordena, se violenta nuestra condición de seres creados a imagen y semejanza de Dios, nacidos para la libertad. Entonces todo se hunde.
Por eso Cuba no progresa, por eso mismo Nicaragua retrocedió y se empobreció en los años ochenta, y por eso hoy Venezuela no tiene ni azúcar ni leche ni electricidad.
Bien haría el presidente Ortega en ofrecerle a Maduro un poco de asesoría en las ventajas del modelo que aquí tenemos de “Concertación Económica y Social” iniciado en 1990, de respeto al libre mercado y a la propiedad privada, con gobierno, empresarios y trabajadores empujando juntos la economía, infinitamente superior al fracasado modelo económico cubano que Venezuela intenta copiar.
Es claro que si en nuestro país se respetara el Estado de Derecho y se mejorara la institucionalidad democrática, la economía mejoraría aún más y, en lugar de crecer cinco por ciento, podríamos crecer siete por ciento o más por año.
Pero el presidente Ortega pareciera no comprender esto, o lo comprende y no lo quiere aceptar. Y es claro que sobre este tema no podría asesorar a Maduro. El autor es ingeniero
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