La indignidad de la muerte en el trabajo

Carlos Flores

La más reciente tragedia laboral ocurrida la semana pasada en Bangladesh lleva ya la escalofriante cifra de más de 420 muertos y más de 2,500 lesionados, al derrumbarse el edificio Rana Plaza, de ocho pisos que alojaba al menos cinco fábricas de maquila en Dhaka, la capital.

El caso no es solamente terrible por el saldo, sino por el probado acto criminal ordenado por la administración del edificio, de no desalojar el inmueble cuando en horas de la mañana se había escuchado como preludio una explosión en los cimientos, y a continuación el surgimiento de grietas visibles en la estructura a lo largo de varios pisos, provocando el colapso horas después.

Este reciente acto viene a engrosar la lista de los innumerables percances —nunca accidentes— que ocurren en esta Disneylandia de la manufactura de bajo costo. En noviembre de 2012 un incendio industrial dejó como saldo 112 muertos al encontrarse bloqueadas las salidas de emergencia con candados y barras de seguridad, lo cual hizo que fuese una trampa mortal con instrucciones del propietario.

Es una verdadera radiografía de los tiempos de hipocresía global, del cinismo educado y orquestado al ritmo de las comparsas de relacionistas públicos de las grandes empresas minoristas internacionales, que encargan la producción externamente para conseguir el más bajo costo posible, —en circunstancias inauditas de indignidad laboral— pretendiendo no conocer las condiciones en que esas prendas son confeccionadas, como se prueba una vez más, a costa de misérrimos salarios, inseguridad laboral y desprotección social a niveles degradantes, quedando así revelado el oculto secreto de estas “ventajas competitivas” de dichas empresas globales que manejan un depurado cinismo llevado a niveles artísticos.

La Unión Europea dice estar ahora “muy preocupada” por estos hechos reiterados, analizando recortar las cuotas de exportación desde Bangladesh si se continúa sin tomar medidas. La cadena irlandesa Primark y la canadiense Loblaw ahora alegan ignorancia y han ofrecido “indemnizar” a los familiares de las víctimas, basadas estrictamente en la referencia salarial de cincuenta dólares mensuales, que es el ingreso promedio de este ejército de desventurados que no tienen otra esperanza que la indignidad y vileza de una muerte en el trabajo.

Es justo decir también que la gran mayoría de cadenas minoristas en Europa y EE. UU. tienen el mismo esquema de manufactura de “ojos cerrados”.

La maquila es el ochenta por ciento de las exportaciones de este país de más de 150 millones de habitantes, el cual su gobierno tiene como misión servir invariablemente como abogado defensor de las empresas maquiladoras foráneas, en nombre de una malentendida “prosperidad económica”.

El papa Francisco mencionó en referencia directa a este caso: “Aún hoy en el mundo esta esclavitud está siendo cometida contra algo hermoso que Dios nos ha dado —la capacidad de crear, de trabajar, de tener dignidad—”.

Agregó: “No pagar un salario justo, no dar un trabajo porque solamente se piensa en los estados de resultados, en las utilidades, eso es algo que ofende a Dios”, concluyó.

Aunque ha habido marchas locales pidiendo la pena de muerte para el propietario del complejo industrial, —un allegado al Gobierno, traficante de influencias y de drogas—, que fue ya capturado junto con su padre y a dos ingenieros de su planilla, se piensa que es otro episodio más de impunidad en el cual solamente quedará el cacareo y aspaviento, sin lograr ningún resultado en revertir las alucinantes condiciones infrahumanas, que son un reflejo de la oprobiosa moral de consumo, sin preguntar cómo están siendo producidos esos bienes que se venden fácilmente sin tomar en cuenta ninguna regulación ética, convirtiéndolas también en prendas de sangre, pero sin ninguna historia interesante que contar o filmar, más que el anónimo sufrimiento de seres humanos reales.

El caso, lejos de sorprender localmente, ha tenido al menos una resonancia internacional sobre un hecho que se ha venido poniendo cada vez más en evidencia, que es el inveterado fariseísmo de la vieja Europa, en lo que respecta a pronunciamientos y señalamientos llenos de moralina, en los cuales se predica en contra de crímenes de guerra, limpiezas étnicas, tráfico de especies, trata de personas, entre otros temas “políticamente correctos”, sin arrugar la cara cuando se demuestra que no existe tal cumplimiento de esos paradigmas éticos por las propias empresas locales bajo su jurisdicción y supervisión, y que en no pocos casos, sus ejecutivos e íconos comerciales lideran campañas de Responsabilidad Social, las cuales son una distracción de élites, o bien, manipulaciones de la realidad conducidas por empresas cuya sensibilidad tiene la tersura de un ladrillo.

Familiares de las víctimas han rechazado por una elemental dignidad cualquier tipo de ayuda en las labores de rescate por parte de los gobiernos del Reino Unido y Canadá, debido a que son los verdaderos causantes de estas muertes, puesto que las inspecciones de seguridad que, según sus propios procedimientos de sus sistemas de gestión, deben cumplir todos los proveedores, —sin excepción—, o solamente existieron en el papel, o bien, en el prontuario de mentiras aderezadas con una exquisita verborrea de relaciones públicas, que es en lo que han caído este tipo de declaraciones hipócritas.

La burla y escarnio a cualquier parámetro ético es también ahora un producto industrial, con marca registrada y que se distribuye por los grandes canales de comunicación masiva que disponen estos emporios comerciales, que carecen de cualquier escrúpulo más que una infinita codicia por bandera. El autor es consultor en Seguridad Industrial.

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