La novela del poeta y novelista nicaragüense Salomón de la Selva, Ilustre Familia, Novela de Dioses y de Héroes, igual que La Ilíada y La Odisea, de Homero, y La Eneida, de Virgilio, es una fuente inagotable de temas de la mitología clásica griega.
De Salomón de la Selva aprovecho esta vez la historia de Labdaco, que es contada por él en la novela mencionada con la singular picardía, doble sentido y juego de palabras que lo caracterizaban.
Labdaco es uno de los legendarios reyes de Tebas (me refiero a la Tebas griega, por supuesto, no a la egipcia, igualmente famosa en la leyenda como en la historia), hijo del también rey tebano, Polidoro, y de su esposa y reina, Nictei.
Labdaco fue el fundador de la dinastía tebana de los Labdácidas y durante su reinado se libraron enconadas guerras con Atenas, su vecina, por la delimitación de fronteras entre ambas ciudades-estado.
Salomón de la Selva cuenta en el Libro Cuarto de su Ilustre Familia que, como consecuencia de aquellas guerras, la región de Beocia (cuya ciudad principal era Tebas) “quedó en abandono y se descivilizó”.
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Zeus, quien a veces era compasivo, se condolió por la triste situación en la que se encontraba el pueblo beocio y le pidió a Apolo, a quien le placía “mezclarse entre los hombres y enseñarles todas aquellas cosas que les son provechosas”, que fuera a concederles bienes a la gente de esa tierra. Y así lo hizo el dios del Sol.
“Apolo se dirigió a Beocia y se presentó en el palacio del rey. Con ramo laurel en la tendida mano pidió ser admitido, agasajado y escuchado según la costumbre establecida”, cuenta Salomón de la Selva.
Pero el rey, quien no era otro que Labdaco, tenía las maneras de un auténtico patán. “Labdaco era hombre feo, soplado de barriga, abultado de caderas, chato de trasero. Tenía la piel del cuello y del rostro plegada en arrugas oscuras Y era de voz grosera, de chabacana risa, de dientes desaseados, de ademanes bestiales. Movíanle instintos de perversidad y nada le daba tanto placer como hacer burla de sus huéspedes, primero, y luego asesinarlos a traición”. Tal es la descripción personal que de Labdaco hace De la Selva.
Y agrega el poeta nicaragüense que Labdaco, de manera insolente y con palabras groseras, le propuso a Apolo una competencia de canto entre ambos. Descabellada propuesta, por supuesto, considerando que Apolo era dios también de la música, del canto, de la poesía, pues no por casualidad la musas de las distintas inspiraciones artísticas formaban uno de sus cortejos.
Apolo aceptó el reto de Labdaco y comenzó a arrancar maravillosas notas de las cuerdas de oro de su lira. Entonces Labdaco lo detuvo, gritando: “¡Alto ahí! Me parece que tengo ganada la partida desde el arranque, porque mi instrumento vence al que este trae”. Y, medio levantando una nalga del trono en que estaba casi echado, hizo una mueca y se desembarazó de viento de tripas produciendo una larga nota aguda. Todo eso en medio de la algarabía del populacho, que era tan ordinario como su rey y celebraba con grandes voces sus groserías.
Pero aquel ultraje no quedó impune. Maldijo Apolo a los beocios, subió a los cielos y les lanzó flechas exterminadoras que provocaron una terrible peste. Y “así, apestados, los beocios morían como moscas. Labdaco mismo tuvo pestilente fin”, concluye Salomón de la Selva su relato sobre aquel estrambótico rey tebano, ejemplo legendario de vulgaridad y grosería.
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