Lo digo en serio: por el bien de Venezuela, Nicaragua y Cuba, Daniel Ortega debería aconsejar a Maduro y sus camaradas que abandonen el modelo económico chavista e imiten el suyo. No es fácil, porque los petrodólares ensoberbecen y las ideologías ciegan, pero si no cambian de rumbo, y peor, si se radicalizan, Venezuela puede hundirse y poner en peligro la vital ayuda a sus amigos.
El modelo económico chavista descansa en el reparto masivo de las rentas del petróleo entre los pobres y en un intervencionismo estatal intenso, que incluye nacionalizaciones más la imposición de controles cambiarios y de precios. También lo distingue su intensa hostilidad al sector empresarial, “la burguesía”, al que presenta como enemigo y explotador del pueblo.
Por un tiempo el sistema funcionó gracias al salto espectacular de los precios del crudo. En los trece años de Chávez subió de US$$8 por barril a US$$100, permitiéndole repartir subsidios y regalos a diestra y siniestra. Pero al moderarse la tendencia alcista del oro negro, y tras espantar las inversiones y politizar al personal de la industria petrolera, la producción doméstica se hundió. El crecimiento del PIB se convirtió en el más bajo de Latinoamérica, el déficit fiscal se disparó a niveles inmanejables y se desató la inflación y el desabastecimiento. Hoy Venezuela importa casi todo lo que consume.
El modelo económico de Ortega es también populista; destina buena parte de sus recursos al reparto de regalos, pero en cambio cultiva la armonía con el sector privado, sujeta su déficit a las exigencias del FMI, y se abstiene de imponer controles cambiarios y de precios. Esto le ha permitido aumentar las inversiones, sanear las finanzas públicas y obtener tasas de crecimiento aceptables —aunque todavía insuficientes para superar la pobreza y la dependencia externa—, en parte por tolerar la corrupción judicial y menospreciar al Estado de Derecho.
En lo económico Ortega actuó distinto que Chávez, porque la experiencia de su primera etapa gobernante en la década de los ochenta le enseñó los efectos desastrosos del intervencionismo estatal marxista y porque afortunadamente descubrió —al igual que los chinos— que el motor principal del crecimiento no son los recursos naturales ni el Estado, sino un vigoroso sector privado.
Chávez no aprendió esta lección porque los billones de petrodólares amortiguaban o escondían sus disparates económicos y le permitían alimentar su mesianismo. El problema es que hoy la fiesta se acabó y es necesario que sus herederos aterricen. Para ello deben quitarse la venda ideológica. El obstáculo más grande para que Venezuela salga del atolladero es el marxismo leninismo de sus principales líderes. Mientras crean que la burguesía es el enemigo histórico, y que un estado todopoderoso y nacionalizador es la clave del crecimiento, el país seguirá rumbo abajo.
La única alternativa razonable para Maduro sería reconciliarse con el sector privado, liberalizar la economía y reemplazar al estado Santa Claus, repartidor de regalos, por el estado eficiente, facilitador de la iniciativa individual. Radicalizar el proceso, es decir, sustituir a los particulares que aún manejan negocios por burócratas estatales —contrario a lo que está haciendo ya la misma Cuba— e imponer un estado policial, lo llevará al desastre.
¿Tendrá Ortega el coraje de hablar con sus amigos chavistas y decirles con aplomo que deben cambiar? Puede ser arriesgado, en cuanto podrán cuestionar sus credenciales revolucionarias, pero hay más riesgo en que el chavismo continúe igual. Ortega podría quizás invitar a Raúl Castro a que lo acompañe en esa empresa de convencimiento. Al líder cubano le conviene más que nadie. El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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