La historia del Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep) es muy interesante. Alguien debería escribirla. Es como una fortaleza que ha sabido enfrentarse a las dificultades pero siempre demasiado tarde. Así fue cuando los Somoza, en su afán desmedido por hacer dinero, cada vez que este hacía un fraude electoral o, adquiría una nueva propiedad mal habida, se hacían los de la vista gorda y tendían la mirada hacia otro lado. Hasta que un día, cuando se percataron que la voracidad del dictador era insaciable y vieron estupefactos la sangre de uno de los suyos derramada en el pavimento, se despertaron, pero ya para entonces solo les quedaba el recurso de marcharse a Miami en franca estampida, en busca de los aires de libertad, que por su propia incuria habían perdido.
Así está ocurriendo ahora. El dictador Daniel Ortega ha cometido tres fraudes sucesivos; ha pisoteado una y otra vez la Constitución de la República; ha provocado el derramamiento de sangre de gente humilde por reclamar sus derechos violentados y hasta ya hay exiliados en Honduras y otros países que no pueden regresar a su patria porque se sienten amenazados. Y mientras todo esto ha venido sucediendo ¿qué ha hecho el Cosep presidido por el señor José Adán Aguerri? Nada. ¡Absolutamente nada! Quizás están esperando que la familia Ortega Murillo se apodere de medio país o que maten a uno de los suyos, para que actúen en la forma que lo hacen las organizaciones conscientes de los principios democráticos en las naciones civilizadas.
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He traído esto a colación porque ¡por fin! vemos una tímida protesta del Cosep en contra del Acuerdo Administrativo 005-2013 de Telcor publicado el 22 de marzo pasado en el diario oficial La Gaceta, mediante el cual, el dictador Ortega pretende tener bajo su absoluto control todo el sistema de telefonía instalado en el país. Quienes conocemos el modo de proceder de los frentistas, que nunca han perdido sus pretensiones totalitarias, esto no es más que la vuelta a los métodos dictatoriales de los ochenta, para tener un mejor control sobre la población.
Se ha dicho, una y otra vez, que los dictadores por su propia naturaleza son enemigos de la libertad. Ellos no pueden tolerar voces disidentes o comentarios que les sean adversos, y si a veces los soportan es porque las circunstancias no les permiten actuar de otro modo. El ejemplo del dictador nazi, Adolfo Hitler es paradigmático, llegó al poder por medio de elecciones y después de acabar con las libertades del pueblo alemán se dio el lujo hasta de engañar al premier inglés Chamberlain hablando de paz mientras arteramente hacía los preparativos para la más sangrienta guerra que recuerdan los anales de la historia mundial.
El Cosep que preside el señor Aguerri cometió el grave error de hacer un pacto tácito con el dictador. Ortega les dijo: “Ustedes dedíquense a hacer dinero con sus negocios y déjenme a mí la política y el gobierno del país”. Mas, no sabían que tras bastidores estaba el lobo disfrazado de cordero que se hacía llamar unas veces “presidente de los pobres y otras veces compañero-presidente”, pero que en el fondo era el mismo clon de Somoza García ansioso de riquezas y de perpetuarse en el poder. Pero nunca es tarde para enmendar el error. Porque también hemos dicho que Nicaragua para salir de la inopia y del atraso en que vive no necesita de un dictador. Lo que necesita es un Estado de Derecho y una institucionalidad democrática en la que los poderes del Estado estén sujetos a las leyes y no a la voluntad de la pareja Ortega-Murillo y de sus magistrados sumisos como lo está en la actualidad.
Como colofón quiero hacer un patriótico llamado a las cámaras empresariales del Cosep para que no se dejen imponer el inconstitucional y arbitrario acuerdo de Telcor porque si hoy las víctimas son los empresarios de ese sector y el pueblo mismo que verá menoscabada su libertad, mañana puede ser cualquiera de las otras cámaras. Mirémonos en el espejo de aquel triste alemán que en su desesperante situación no tuvo más que decir: “En Alemania primero persiguieron a los comunistas y no protesté, porque yo no era comunista. Luego a los judíos y no protesté porque yo no era judío. A continuación, a los sindicalistas y yo no protesté porque yo no era sindicalista. Acto seguido persiguieron a los católicos y no protesté porque yo era protestante. Por último me persiguieron a mí, y entonces ya no quedaba nadie que alzara la voz por mí para protestar. Moraleja: Protesten ahora que pueden, antes que sea demasiado tarde. El autor es Secretario General de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE)
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