Y Además
Luis Sánchez Sancho
Antes de hablar sobre Creusa, debo reconocer el error que cometí la semana pasada en la columna sobre Genoveva de Brabante, al escribir que los restos de Napoleón Bonaparte están en el Panteón de París, donde fue la Basílica de Santa Genoveva, patrona de la capital francesa. En realidad, su tumba se encuentra en el Palacio Nacional de los Inválidos, de la misma ciudad de París. Ofrezco —o pido— disculpas por el error mencionado.
Salomón de la Selva, el poeta y novelista clásico nicaragüense, quien “centroamericanizó la Hélade” (la civilización y cultura griega o helénica) según escribe Jorge Eduardo Arellano en su Diccionario de Autores Centroamericanos, narra el mito de Creusa en su novela basada en la mitología griega y titulada Ilustre familia.
Salomón de la Selva dice en esa obra, que Creusa, hija de Erecteo, rey de Atenas, se enamoró de Apolo, pero “con amor etéreo, libre de sujeción carnal, ajeno a todo excepto lo que es propio y exclusivo del espíritu ” Debido a eso, escribe De la Selva, “entre ella y su inmortal amigo se estableció una confianza ilimitada. Contábanse sus secretos, decíanse sus anhelos, él la embelesaba con relatos de sus viajes, que es cosa que siempre excita a las doncellas ”
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Sin embargo, actuando como cualquier pérfido hombre mortal, Apolo se aprovechó del amor espiritual e ingenuo de la hermosa doncella y la violó en una gruta situada cerca del templo de Atenea, a donde la citó y Creusa acudió sin desconfianza, porque no podía imaginar que aquel dios que era su gran amigo le podría hacer daño alguno.
De la violación sexual de Apolo quedó Creusa embarazada, pero por vergüenza y temor a la ira de su padre, ocultó su preñez. A los nueve meses, cuando sintió los dolores de parto, Creusa fue a la cueva donde había sido violada por Apolo y sin ayuda de nadie alumbró allí a su hijo. Pero Creusa no podía presentar la criatura a sus padres, y mucho menos que matara a su bebé, de manera que lo dejó abandonado en la gruta.
En la mañana siguiente, cuando hacía su luminoso recorrido diario de un lado a otro del cielo, Apolo vio al bebé abandonado, supo que era su hijo y pidió a Hermes, el dios mensajero, que lo llevara a Delfos, donde estaba su templo (de Apolo), para que la pitonisa Fenómoe lo acogiera y criara.
Entre tanto, Creusa, después del parto enfermó gravemente, más por dolor moral y arrepentimiento que como consecuencia física del trabajo de parto que había realizado en condiciones extremadamente precarias. Y apenas se recuperó, Creusa corrió a la cueva donde había abandonado a su hijo, con la esperanza de recogerlo a y asumir las consecuencias. Pero ya no lo encontró.
Pasó el tiempo, Creusa fue casada por voluntad de su padre con Juto, hijo de Helén, el personaje por quien Grecia llevó el nombre de Hélade y todos los griegos fueron llamados helenos. Pero Juto no podía tener hijos con Creusa y fue al templo de Apolo en Delfos, para saber qué debía hacer para tenerlo. “La primera persona que encuentres al salir de aquí es tu hijo”, le dijo Fenómoe. Y al primero que encontró Juto fue al hijo de Creusa y Apolo, a quien la pitonisa le había puesto Ion como nombre.
Ion tuvo una extensa descendencia que formó la nación de los jonios. Y los descendientes de Dorio, otro de los hijos que después procrearon Juto y Creusa, formaron el pueblo dórico.
Por eso es que a Creusa se le considera en la mitología griega como una mujer madre de epónimos, es decir, de personas que dan nombres a naciones o lugares.
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