La ex primera ministra inglesa fallecida el lunes pasado, Margaret Thatcher, fue bautizada por la prensa soviética con el epíteto de Dama de Hierro, por la firmeza con que ella se enfrentaba al imperio comunista y luchaba por la libertad y la democracia en todo el mundo.
La señora Thatcher gobernó en el Reino Unido de 1979 a 1990, casualmente el mismo tiempo que duró el régimen sandinista de Nicaragua de los años ochenta. Junto con el expresidente estadounidense Ronald Reagan y el papa Juan Pablo II, la señora Thatcher integró el grandioso trío de personalidades que fue determinante para la caída del comunismo en Rusia y Europa del Este. Y por lo consiguiente, tuvo una clara posición de rechazo a aquel régimen sandinista que tenía una orientación totalitaria y pretendía exportarse a los demás países de Centroamérica.
A principios de mayo de 1989, cuando la Unión Soviética comunista ya estaba entrando a su fase terminal y sus líderes encabezados por Mijaíl Gorbachov le habían advertido a los comandantes sandinistas, que debían reformar su régimen y democratizarse, o desaparecer, Daniel Ortega viajó a Europa en busca de ayuda económica y apoyo político para normalizar sus relaciones con EE.UU. Creía Ortega que era posible salvar el régimen sandinista con algunos cambios formales de apariencia democrática.
El lunes 8 de mayo de 1989, Ortega fue recibido por la primera ministra Thatcher, quien de manera directa le dijo al dictador sandinista que ella estaba “decepcionada por la falta de avance hacia la democracia de Nicaragua”. Así lo reportó el periódico estadounidense Los Angeles Times el martes 9 de mayo de ese año. Agregó la Dama de Hierro en aquella histórica entrevista con Daniel Ortega, que tenía serias “dudas sobre el compromiso del gobierno de Nicaragua con la democracia”. Y en consecuencia no le prometió ayuda económica Ortega ni apoyo para que normalizara sus relaciones con el gobierno de EE. UU.
Tratando de salvar la cara después de la entrevista con la señora Thatcher, Ortega dijo a los periodistas, que el solo hecho de que la primera ministra británica lo hubiera recibido, era en sí “una acción positiva”. E intentó bromear con su frustración, comentando que al menos la señora Thacher y él habían coincidido en que ambos estaban vestidos de color verde, cuando se reunieron.
En realidad, Ortega encabezaba una dictadura procomunista de corte totalitario, había unido el país al bloque soviético insertándolo en la guerra fría y pretendía cumplir solo parcialmente los compromisos internacionales para alcanzar la paz mediante la democratización de Nicaragua. No podía esperar entonces, condescendencia de aquella gran estadista europea que se había ganado el mote de Dama de Hierro precisamente por su intransigencia en el rechazo a los enemigos de la libertad y la democracia.
Margaret Thatcher renunció voluntariamente al gobierno del Reino Unido, en noviembre de 1990, cuando consideró que ya no debía ni podía seguir gobernando. Nueve meses antes, Daniel Ortega había sido derrotado en las elecciones del 25 de febrero y sesenta días después entregó el gobierno de Nicaragua, contra su voluntad, solo después de haber conseguido mediante el chantaje grandes concesiones, políticas económicas y militares. Las cuales le permitieron “gobernar desde abajo” durante 16 años, hasta volver a tomar el poder gracias a la corrupción y la traición de ciertos líderes democráticos del país.
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