Mario Alfaro Alvarado
¿Sabemos rezar el Padre nuestro? Esa oración primigenia que los millones de cristianos de todo el mundo rezan todo los días de la vida, se inicia con una confirmación de fe: “Padre nuestro que estas en el cielo, santificado sea tu Nombre”. Luego sigue una reafirmación de obediencia: “Venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. No cabe en esta introducción ninguna duda ni interpretación.
Finaliza con un ruego: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. Petición insustituible que nos imponen las necesidades físicas del diario vivir. Convencido el creyente de que no le faltará el pan en su mesa durante el día, renueva su compromiso con Dios, a la vez que implora: “Perdona nuestra ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Es este un compromiso de perdonar a los demás para merecer el “perdón divino”.
Sin embargo, todo es diferente cuando se causa un daño intencional a un semejante y se le lastima dolorosamente. Entonces la conciencia implora perdón y se impone un acto de constricción mediante una oración al Altísimo.
El gran orador español Emilio Castelar, en una inspirada y magnífica alocución, se expresó de esta manera: “Grande y poderoso es el Dios del Sinaí, Dios de rigor y de castigo; pero más grande es el Dios del Gólgota, que sangrante y clavado en una cruz, con dulce voz rogó a Dios Padre con humildad: Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”.
Palpitan en esas palabras la muestra sublime del amor de Dios Sacrificado para redimir a la estirpe humana y mostrarle el sendero de la misericordia.
¡No puede haber perdón sin arrepentimiento, ni hay arrepentimiento sin reconocer el mal que se ha hecho y se quiere sinceramente reparar el daño infligido!
En el mundo tenebroso de la política en que el pueblo nicaragüense sufre cotidianamente, los culpables, los ofensores, ni piden perdón ni se arrepienten.
“El dinero, corazón, tiene poder infinito. Ser bandido es un honor y ser pobre un delito”, dice una conocida copla mexicana. Imponer el dinero a la justicia, es la base de sustentación de la política vernácula. Por el dinero se traiciona, se miente, se soborna, se alcanzan posiciones de poder político y el poder político se emplea de arriba hacia abajo, para acumular riquezas fraudulentas e inmerecidas.
Compárese como viven los defraudadores de los bienes del Estado, que es como decir los defraudadores del trabajo de los pobres y de los que progresan trabajando con honradez y sin apoderarse de lo ajeno.
En los megasalarios está muy bien representada la explotación que los políticos hacen al pueblo trabajador. Los megasalarios se ganan con la incondicionalidad hacia el “cacique” que nombra con el dedo. El pueblo vota, casi inconscientemente, engañado por los ofrecimientos y promesas de los mercaderes de la politiquería.
¿Cómo puede alcanzar la redención un pueblo humillado y sometido a la arbitrariedad, si se niega o disfraza la verdad y se gobierna con la mentira y la injusticia? El autor es periodista