Siempre les he dicho a mis hijos que cuando les doy un consejo es mejor que lo tomen, porque es producto de la experiencia vivida. Las memorias del gran Gabo tienen por nombre: vivir para contarla y eso es exactamente lo que pasa cuando se da un consejo: Se cuenta una mala o buena experiencia para ayudar a quien te escucha.
Por eso puedo hablar de los estragos de la autocensura, porque me la impusieron y callaron una voz que siempre estuvo denunciando, protestando, luchando a favor de los derechos de los ciudadanos y en contra de los abusos del dictador. Cuando recibí la orden tajante de que no me iban a dar más micrófono, inmediatamente dije lo que es una cruda y decepcionante realidad. A mí no me estaba mandando a callar el gobierno del presidente Ortega, sino el temor del propietario de la radio, que se le adelantó a la dictadura y le hizo, gratuitamente, el trabajo sucio de reprimir la libre expresión.
Pero la autocensura tiene una razón. Es la misma que convirtió al ayer beligerante Canal 2 en un canal de telenovelas, de ferias regalonas y de frivolidades mundanas. Hubo un tiempo en que ese canal era la imagen de la oposición, ahora es el mejor aliado de la dictadura.
¿Por qué ese giro de 180 grados? Porque este Gobierno no necesita usar la culata para infundir temor y reprimir. Le basta con recordarnos quién tiene las riendas del poder en una sola mano, sobre todo a los dueños de los medios de comunicación.
¿Quién se acuerda del combativo El Nuevo Diario del doctor Danilo Aguirre y demás asociados? Lo que hoy dirige el fino humorista de Chontales es una pálida copia del diario de la disensión.
En mi caso particular, el espacio que ocupaba mi programa radial en Chinandega, Tribuna Independiente, es ocupado ahora por un programa de saludos, o a lo mejor por brujos o predicadores que confunden al pueblo, pero no ofenden a la dictadura denunciando sus atropellos.
Partiendo de la autocensura, es pertinente preguntarse si en realidad en Nicaragua hay deseos de liberarse de la pobreza endémica y de la ignorancia ofensiva y si hay una voluntad seria de dar un giro en la distribución de los derechos y de los deberes. Nicaragua discurre por un cauce que se dirige a la inmensidad del mar y nadie es capaz de canalizar el torrente de recursos que se pierden en el universo salado, para irrigar las necesidades de un pueblo que ya se está acostumbrando a la mediocridad crónica y a la pobreza extrema.
Existimos unas personas que tratamos de llamar la atención de los que pueden hacer cambiar las cosas, pero como pasa siempre, a los que se atreven a hablar sobre la verdad nos ponen la etiqueta de locos y de resentidos porque no tenemos abundancia de recursos económicos y por lo tanto no tenemos nada que perder.
No se fijan que lo único que tenemos es lo que nadie quiere perder. Tenemos la vida y estamos para entregarla por una causa justa, en nombre de una meta beneficiosa, por una Nicaragua mejor, con justicia para todos. El autor es comentarista político.
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