¿Qué piensa usted, lector, del proceder de Pilatos? Tras revivir en Semana los recuerdos de su actuación, lo más probable es que usted sea uno más de los que la reprueban. La razón obvia y fundamental es que condenó a muerte a un inocente. Juan Manuel de Prada dice que “en la condena del justo hay siempre algo que nos estremece, porque todos tenemos muy arraigada, casi podríamos decir que inscrita en los genes (aunque muchos traten de oscurecerla), una noción natural de la justicia; y si la conculcación de la justicia es siempre aborrecible, cuando sirve para condenar al inocente resulta aberrante”.
Pilatos sabía mejor que nadie que todo el proceso contra Jesús era un montaje inicuo, lleno de mentiras y violaciones a las normas legales imperantes. Sabía que en el acusado no había la menor partícula de culpabilidad. Pero lo mandó a la muerte infame reservada a los traidores. ¿Por qué?
Aunque la impresión predominante es que lo hizo por cobardía, también intervino otro factor menos conocido pero posiblemente decisivo: su relativismo. Pilatos no creía en la verdad. Tras afirmar Jesús que su misión era dar testimonio de la verdad, Pilatos exclamó despectivamente “¿Y qué es la verdad?”, y dio la vuelta. Como romano de su tiempo, acostumbrado a dominar pueblos divergentes, Pilatos pensaba que lo que era verdad en Jerusalén no lo era en Cartago. Cada quien se daba a sí mismo sus propias verdades y las que prevalecían eran las de los más fuertes. ¿Para qué entonces afanarse en imponer su propio criterio en vez de allanarse a la preferencia de la mayoría? Pero claro, esa conciencia natural de justicia de la que habla Juan Manuel de Prada no dejó de mortificar a Pilatos, como lo evidenció al lavarse las manos diciendo: “Inocente soy de la sangre de este justo”.
Lo sorprendente es que ahora son muchos los que creen que Pilatos actuó correctamente y que su decisión, contrariando sus propias convicciones, fue un acto digno del “perfecto demócrata”. La tesis fue expresada con claridad meridiana por Hans Kelsen, el maestro del positivismo jurídico y mentor de la democracia liberal (relativista) en el siglo XX. Para él, (lo cito) “Pilatos se comporta como el perfecto demócrata que debe encogerse de hombros —o lavarse las manos— ante los dilemas morales y trasladarlos a la mayoría, que es fuente, origen y principio de la raíz de los valores”.
Este pensamiento ha cogido fuerza. Son legión los que hoy piensan que al no existir normas morales poseedoras de un valor intrínseco, es decir, válidas en sí mismas y obligatorias para todos, las únicas normas legítimas son las que gozan del consenso o la aprobación social.
Es un punto de vista extremadamente peligroso. Juan Pablo II lo planteó como “el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la convivencia civil todo punto seguro de referencia moral”. Un consenso social sin criterios morales distintos al mero capricho de los ciudadanos, abre las puertas a todas las aberraciones, como el repugnante consenso sobre el aborto que impera en muchos países.
Antes el hombre apreciado era el hombre de conciencia: aquel, que en palabras del cardenal Ratzinger, “no compra bienestar, reputación o aprobación públicas renunciando a la verdad”; como Antígona, Cristo o Martin Luther King. Pero hoy, con el auge relativista, estos héroes corren el riesgo de ser despreciados como “absolutistas” o ilusos, y que los personajes del día sean los Pilatos; aquellos “tolerantes”, listos a dictar sentencia de muerte, contra el niño inocente, o contra Cristo mismo, si la turba lo pide. El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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