Hoy 23 de marzo se cumplen 25 años de la firma de los acuerdos que pusieron fin a una cruenta guerra que desangró nuestras familias, conocidos como los Acuerdos de Sapoá, enfrentamiento que dejó más de cincuenta mil muertos y una cantidad mayor de discapacitados. Las posteriores elecciones celebradas a su firma dos años después, como resultado de los mismos y que fueran ganadas por doña Violeta Barrios de Chamorro, no dejaron lugar a dudas ni espacio a cuestionamientos alguno sobre el sistema de gobierno en que los nicaragüenses deseábamos vivir en el futuro.
Pero la intención de este artículo no es llorar sobre la leche derramada ni mucho menos cuestionar la actuación de sus actores, sino más bien llamar la atención sobre una materia que nos ha quedado pendiente y que mientras no la resolvamos seguiremos a la saga de Latinoamérica, y por supuesto del resto del mundo. Esa materia se llama reconciliación; el diccionario Wikipedia nos define la reconciliación como el restablecimiento de la concordia y la amistad entre dos o más partes enemistadas. Entendiéndola como un proceso complejo desde la perspectiva social y política y la concibe como alternativa viable de transformación pacífica de un conflicto en sociedades que han sido víctimas de violencia extrema como sucedió en la nuestra. Concepto que hago mío sin reservas de ninguna naturaleza, la pregunta es ¿quiénes son los que deben reconciliarse? En primer lugar soy de la opinión de que la reconciliación debe venir o darse, entre los que nos enfrentamos. Entendiendo como enfrentamiento a todo aquel que hizo oposición de cualquier forma, ya sea esta la lucha armada o la resistencia pasiva. Durante estos 25 años hemos visto el clamor de los miembros de la familia de la Resistencia Nicaragüense así como de otros segmentos sociales reclamando sus espacios, sin que a la fecha hayan sido escuchados. Independientemente de que han existido varios “intentos” o amagos de reconciliación, puedo asegurarles que esa necesaria reconciliación jamás se ha intentado con responsabilidad o con ánimo de reencontrar esa paz social que todo pueblo necesita para prosperar.
Lo que sí se ha hecho y mucho, es maquillarla y usarla para el beneficio político. Hasta el día que comprendamos que la reconciliación que los nicaragüenses necesitamos es aquella que nos convierta en iguales ante la Ley y con las mismas oportunidades de desarrollarnos dependiendo únicamente de nuestra capacidad o habilidad, o sea que los gobernantes gobiernen para el pueblo y no únicamente para el beneficio de sus partidarios.
Cuando compartí esta reflexión con varios compañeros de la Resistencia, la pregunta que todos se hicieron fue, ¿qué podemos hacer para llamar la atención de quienes tienen en sus manos el poder llevarla a cabo? La respuesta que se nos ocurrió fue el diálogo. Ese diálogo que han estado pidiendo desde hace rato nuestros pastores. Si lo intentamos con ánimo de sacar adelante a los más desprotegidos de nuestra sociedad, despojándolo de todo virus politiquero y con los actores adecuados, podemos lograrla y solo entonces nuestra sociedad podrá tener la oportunidad de vivir en el futuro, en un país con perspectivas de un desarrollo social sostenible y progresivo.
Mientras ese momento no llegue continuaremos celebrando o más bien recordando sucesivos aniversarios, ya sean estos los de Esquipulas o los de Sapoá, pero sin que estos reflejen en el tiempo el anhelo o la finalidad que de ellos se esperaba en el momento en que fueron suscritos. Por ahora esa responsabilidad vuelve a recaer en el mismo actor de hace 25 años, quiera Dios que en el futuro no tengamos que conmemorar otros acuerdos producto de otro enfrentamiento que vuelva a enlutar innecesariamente a nuestro pueblo. El autor fue comandante de la Resistencia Nicaragüense.
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