Ante la crisis de valores del mundo moderno los católicos estamos defendiendo la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, así como la familia como núcleo fundamental de la sociedad y formada por la unión de un hombre y una mujer. Así debe ser y así seguirá siendo nuestra posición. Pero el papa Francisco nos recuerda otros aspectos de nuestra fe cristiana igualmente importantes: la defensa de la integridad de la creación, la lucha por la paz mediante la erradicación de la guerra como método de solucionar los conflictos y la opción preferencial por los pobres.
Sin menospreciar las obras de caridad, importantes y necesarias, la Iglesia nos llama a un compromiso más profundo con los pobres, que no es más que el mismo llamado que nos hace Jesucristo en el Evangelio. Nuestra doctrina social, que tiene sus raíces en los profetas del Antiguo Testamento que denunciaron las injusticias y defendieron al pobre, culmina con Jesucristo y su clara y abundante enseñanza sobre el tema, contextualizada modernamente en las encíclicas sociales de León XIII, Pío XI, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, sistematizadas en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia (que se encuentra en la web oficial del Vaticano: www.vatican.va) y destacada de diferentes maneras por el papa Francisco desde el inicio mismo de su pontificado.
Nuestra doctrina social contiene principios y valores propios de todo cristiano y no se puede ser cristiano si no se practican. Sin embargo a veces son desconocidos y frecuentemente —en nuestros tiempos— son olvidados en la predicación, en la catequesis y sobre todo en la práctica cotidiana. Recordemos tan solo algunos de ellos:
El principio de El Destino Universal de los Bienes que Dios quiere para todas las personas y pueblos, no solo para unos pocos. Dios es el creador y dueño de todas las cosas y nosotros sus administradores, por lo tanto los bienes que poseemos y de los cuales nos beneficiamos, también debemos ponerlos al servicio de los demás. La propiedad privada no es absoluta sino que —en palabras de Juan Pablo II— sobre toda propiedad recae una hipoteca social.
El principio de La Solidaridad es una forma de hacer realidad el destino universal de los bienes. Siendo los seres humanos imágenes vivas de Dios, Él quiere que todos tengan acceso a los bienes y servicios necesarios para una vida digna. Como no todos pueden lograr acceder a ellos, estamos llamados a la solidaridad para que los que tienen más contribuyan para suplir a quienes tienen menos mediante un sistema progresivo de impuestos, con salarios justos, políticas sociales y otras vías legítimas de distribución de las ganancias.
Mediante el principio de El Bien Común la doctrina social de la Iglesia nos lleva a comprometernos con políticas sociales y económicas que contribuyan a crear las condiciones para que todos tengan empleo, alimentación, atención de la salud, educación, vivienda, transporte, cultura, diversión y otras cosas básicas para una vida digna.
Debemos conocer, estudiar, promover y sobre todo practicar nuestra doctrina social. El autor es abogado, periodista y escritor
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