Los problemas de la Iglesia en la historia

Alejandro A. Tagliavini


Cuenta la leyenda que la del Pontífice Esteban VI es la historia más espantosa del papado. Elegido en 896 con el apoyo del rey de Italia y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico,  ordenó desenterrar el cadáver de su predecesor, el papa Formoso, y reunió un concilio para someterlo a juicio. Fue el “Concilio cadavérico”. Un diácono era el representante legal del cadáver en descomposición al que se sentó en un trono, para que “escuchara” las acusaciones, siendo la principal que, cuando era obispo de la Diócesis de Porto, la dejó para ocupar la de Roma.

Según el dispensado sacerdote Juan Arias: “La renuncia de Benedicto XVI… induce a pensar en un final del papado si no se reforma… Una vuelta a la tradición… (acabaría) con los males… (de) la Iglesia… (y) significaría despojar al papa de su privilegio de… jefe de Estado, un regalo envenenado de Mussolini a Pío XI… El papa volvería a ser solo líder espiritual y no se vería obligado a estrechar la mano (de)… los dictadores de turno; no necesitaría de los servicios secretos… Dejaría de ser Pontifex Maximus, título de emperadores romanos. Volvería a ser el primus inter pares sin la infalibilidad, como los antiguos patriarcas”.

El cosmos no progresa por revolución sino maduración. Y a la Iglesia católica no le ha ido tan mal: es la institución más antigua de Occidente. Arias equivoca la tradición que, según él, sería el modo y “filosofía” de los primeros cristianos. Tradición es lo que supera los tiempos, de modo que volver al “cristianismo primitivo” sería volver atrás. Tradición es la de creer en Dios único creador del Universo y profundizar la filosofía (y teodicea) aristotélico tomista —cristiana por excelencia, desde Grecia, Roma y la Edad Media— que dice que la violencia (coacción) pretende desviar el orden natural del cosmos y sus leyes, creadas con anterioridad al hombre que, por tanto, no puede crear ordenamientos inexorables (como el de la gravedad).

Los problemas de la Iglesia durante su historia resultaron de circunstanciales adhesiones al Estado como “organizador” social, en base al monopolio de la violencia con la que impone leyes que no se darían naturalmente. Poco importa si los papas son monarcas absolutos en tanto sus mandatos no sean coactivos, ya que quien no quiere no los sigue y no corre el riesgo de ir preso por ilegal. Tampoco es malo poseer propiedad privada (de la Iglesia como ONG), porque si funciona el mercado natural queda asignada a quienes las personas deciden voluntariamente. Stalin lo dejó claro cuando Churchill, en Yalta, le informó de la posible participación del papa en la guerra: “¿Cuántas divisiones tiene?”  Años después, Juan Pablo II sobrevivía y ayudaba a voltear a este imperio de divisiones militares demostrando que la violencia (y las leyes que garantiza), como es contraria al cosmos tarde o temprano termina destruyéndose, mientras sobreviven los que siguen el ordenamiento natural.

“Mi corazón se conecta con el del comandante… con la fuerza de su luz, [Chávez] se ha expandido y nos protege”, aseguró Maduro, presidente de Venezuela, que juega con el misticismo del “cristo de América”. Y remató: “No soy Chávez, soy su hijo. Y todos, el pueblo, somos Chávez”. Sucede que necesita un nuevo dios porque pretende cambiar las leyes del cosmos, creadas por Dios, e imponer coactivamente las de la “revolución”.

El autor es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

COMENTARIOS

  1. carlos lopez
    Hace 14 años

    aunque lo que dice este caballero es poco entendible,supone que no importa que los papas sean monarcas absolutos no siendo coactivos. supone mal porque la historia es contundente que en el mismo momento en que se erigieron monarcas absolutos fueron perseguidores de todo aquel que no participaba de sus ideas. y quien asegura que no lo repetirian hoy? oh¡ que no tiene divisiones? es seguro que mas de un pais estaria dispuesto a ceder tales divisiones.

  2. feigres
    Hace 14 años

    Las religiones son un libro abierto para aquellos que quieren conocer la moralidad de los hombres.

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