Mariano Marín
Allí los albigense se encontraron a muerte contra los catarros. Hasta incendiar la iglesia con todos ellos dentro. Pensó podía pasar los mismo, en el interior de los jóvenes corazones enamorados a primera vista. Los sentimientos del Duque se regresaron a sus años mozos. Vio en la mirada de su nieta la misma sensación de la de su amada. Aquella linda y trigueña, italianita. Inteligente y rebelde. Descendiente de los dueños de los viñedos Antinori. Era como su nieta. Más aun, igual a ella. Se preocupó y decidió intervenir. Sabía que si no lo hacía, el llanto y las penas llenarían más su alma, y de su familia ya ni digamos. Pero el destino era uno. Lo que hiciera no podría evitar el amor. El breviario de Armando se cerró. Y durante mucho tiempo no se volvería a abrir. En su mente y su alma se fijó la imagen de Lucrecia. La dolorosa se fue disolviendo en noventa y ocho cuadros por segundo. La multitud se abalanzó en su afanosa marcha y no dejó pie sin pisar. El incensario se balanceó y todo el humo del mundo entró en sus asmáticos y débiles pulmones y no pudieron resistir más. El asma, adquirida por las muchas pulmonías y bronquitis del África austral, se volcó en un acceso de tos terrible y lo obligó a buscar un poco de aire limpio más afuera del atrio de la iglesia. En los siguientes segundos, Armando perdió todo contacto con la realidad de su entorno. Al recobrar el conocimiento, se encontraba en la clínica del doctor Sergio Ordóñez que le aplicaba directo a sus pulmones un golpe de isoprenalina con una mascarilla artesanal de su propia invención. El efecto del medicamento le relajó y le dejó en un sopor hasta las horas del mediodía. Para Lucrecia, ver aquel espectáculo, de un hombre llevado en hombros, le dio una gran impresión y su corazón que padecía de una leve arritmia aguda sufrió un momentáneo síncope. Herencia de su madre que también había fallecido del mismo problema. Su abuelo se dio cuenta inmediatamente. La tomó en sus enormes brazos. Y con la fuerza de un oso de las estepas la sacó en medio del gentío hacia la berlina Brougham, que tenía siempre en un parqueo sur cerca de la iglesia
En su nebulosa inconsciencia Lucrecia se izó un poco buscando algo que su abuelo sabía. El asmático misionero. Pasaron varios minutos antes de recuperarse. Y tener su ritmo normal fue hasta el momento que le inyectaron el nermotensor clorhidrato de oxifenil-etilaminoetano. Además, claro está, de volver a ver “aquellos ojos verdes, de mirada serena, en cuyas quietas aguas un día se miró”. Para Armando no fue tan fácil encontrarse en esta situación. Toda su vida en función de la religión. De la búsqueda de Dios y su Justicia. Ahora era totalmente injusto encontrarse en una encrucijada tan difícil de resolver. Era su salvación en la paz del Señor, o la salvación en la paz de los brazos de Lucrecia. En la paz de aquellos brazos de esa linda y preciosa virgen dolorosa de carne y hueso como tallada por Tililín Mayorga. Ella, igual que él, no sabía ni sus nombres ni quiénes eran.
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