Con el fallecimiento del presidente Hugo Chávez se inicia una transición que constitucionalmente debería de desembocar en elecciones para elegir a un nuevo jefe de estado. Pero ¿cuál será el estado económico y social de la nación que heredará el próximo presidente de Venezuela? Abajo proveo algunas cifras que nos pintan un cuadro complejo y contradictorio: el de un país con enormes riquezas y potencial pero también con inmensos problemas, muchos de ellos producto de políticas públicas equivocadas.
Antes de entrar en las cifras, quiero aclarar que los números que cito son los mejores y más recientes que se manejan internacionalmente. En muchos casos son estimaciones ya que Venezuela ha manejado sus cifras sociales y económicas con hermetismo. Por ejemplo, tiene más de siete años de no aceptar una misión económica del Fondo Monetario para analizar al estado de su economía y su situación social.
Comencemos con lo positivo. Venezuela está dotada con una extraordinaria riqueza energética, no solo petrolera sino que de gas natural e hidroeléctrico. Según las estimaciones más recientes y confiables, sus reservas del “oro negro” son las más extensas del mundo. Se calculan en 220 mil millones de barriles, ¡superando a las de la Arabia Saudita! Venezuela también es un importante productor y exportador de petróleo. En 2011 bombeó 2.5 millones de barriles por día (bpd) y exportó 1.7 bpd.
El petróleo es el motor de la economía venezolana. Gracias a él, Venezuela tiene el ingreso per cápita más elevado de Latinoamérica —aproximadamente US$$12,500— y consistentemente tiene un superávit comercial que en 2011 alcanzó US$$46 mil millones. Venezuela también tiene reservas internacionales sólidas, US$$30 mil millones, aunque no tan robustas como uno esperaría de un país nadando en petróleo.
Detrás de esta fachada macroeconómica, sin embargo, el cuadro es mucho menos alentador. Por ejemplo, su economía sufrió una contracción durante los tres años 2009-2011 (menos 0.2 % anualmente). Durante ese mismo período, el crecimiento promedio latinoamericano fue positivo en aproximadamente 5 por ciento y el de Nicaragua promedió 2.3 por ciento.
Las finanzas venezolanas también están débiles. En 2011 Venezuela tuvo un déficit fiscal igual al 5.2 por ciento del Producto Interno Bruto versus un ligero superávit de medio por ciento después de donaciones en Nicaragua ese mismo año.
Por otro lado, su desempleo oficial superó el 8 por ciento, con la tasa de cesantía entre los jóvenes siendo aún peor: casi 14 por ciento. Y además, a pesar de la retórica socialista que manejaba el presidente Chávez, hay serias desigualdades en la distribución de ingresos en Venezuela. Según los indicadores de desarrollo mundial que publicó el Banco Mundial en 2012, ¡los 10 por ciento más pudientes de los venezolanos gozaban del 33 por ciento del ingreso nacional mientras que los 10 por ciento más pobres solo tenían el 1.2 por ciento! Y el 27 por ciento de la población vive en pobreza. Finalmente, los gastos del gobierno en educación —el indicador que algunos ven como la inversión más importante para el futuro de un país— fueron tan solo 3.7 por ciento del PIB en Venezuela, muy por debajo de los de Brasil, Chile, Colombia y México.
Si uno añade a estas estadísticas otros indicadores sociales, el cuadro se pone aún más tétrico. Por ejemplo, la inflación venezolana anda cerca del 30 por ciento, una de las tasas más altas del mundo, el país sufre de un desabastecimiento de muchos productos básicos y aproximadamente 19,000 venezolanos han sido asesinados anualmente en años recientes, cinco veces más que los ultimados en 1999.
Al inicio de este ensayo señalé que muchos de estos problemas son atribuibles a políticas públicas equivocadas. Por ejemplo, la gasolina se vende en el país a cuatro centavos estadounidenses el galón. Este precio es ridículamente bajo. Ha estimulado un consumo nacional de derivados de petróleo equivalentes a 750,000 bpd. Y como Venezuela refina mucho de su petróleo internacionalmente, importa el 25 por ciento de su gasolina al precio de US$$100 por barril y lo vende a un precio local de US$$5 por barril. La diferencia es un subsidio que contribuye al déficit fiscal gubernamental.
Por otro lado, las administraciones del presidente Chávez procedieron a nacionalizar o expulsar a empresas privadas y se les dio a otras, como PDVSA (la empresa estatal de petróleo), responsabilidades que no tenía la capacidad de ejecutar. Por ejemplo, muchas de las reservas de petróleo venezolanas se encuentran en la cuenca del Orinoco. El petróleo abunda allí pero es pesado y su extracción requiere de una capacidad tecnológica sofisticada que PDVSA no posee. Las concesiones que se les había dado a transnacionales para explotar a esos yacimientos fueron cancelados y, como consecuencia, la explotación del Orinoco se ha desfasado.
Viendo hacia el futuro, Venezuela enfrenta fuertes desafíos internacionales. Quizás el más preocupante es la creciente producción petrolera y de gas natural que tanto Estados Unidos como Canadá están logrando con nuevas tecnologías estimuladas por los altos precios del oro negro. Según estimaciones de la Agencia Internacional de Energía, basada en París, para el 2017 Estados Unidos será el mayor productor de petróleo del mundo y será autosuficiente energéticamente en 2035. Eso significa que Venezuela tendrá que encontrar un nuevo cliente para los 900,000 bpd que actualmente exporta a Norteamérica.
La conclusión de este ensayo es que el próximo presidente venezolano enfrentará serios problemas económicos y sociales. Estos existen a pesar de los aproximadamente US$$1 billón que generó el sector petrolero para las administraciones del presidente Chávez durante sus 14 años en el poder. La pregunta obligada es ¿cuánto estará el próximo gobernante venezolano dispuesto a repartir entre los países Alba cuando el rancho venezolano arde? Mi respuesta es que aunque el próximo mandatario venga de las filas del chavismo, será mucho menos generoso que lo que fue el comandante Chávez. Además, no me extrañaría que el apoyo que dará sea a través de modalidades diferentes. No tendrá otro camino. No olvidemos el sabio refrán: “La caridad empieza por casa”. El autor es economista
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