Orfeo, hijo de Apolo, dios de la música, y de Calíope, Musa de la poesía, la elocuencia y la musicalidad de las palabras, es uno de los personajes más interesantes de la mitología griega. Sobre todo es muy conocida la historia de su trágico amor trágico a Eurídice, su esposa, a quien conquista con la música maravillosa de su arpa, que le había regalado Apolo.
Pero Eurídice muere por la mordedura de una serpiente venenosa. Orfeo se resiste a perder a su amada y baja al mundo de los muertos a buscarla. Con su música divina apacigua a los monstruos que cuidan la entrada y salida del Infierno y convence a Hades de que le permita llevarse consigo a Eurídice. Accede el dios del inframundo pero con la condición de que durante el viaje de regreso a la Tierra, Orfeo no debe voltear el rostro y mirar a Eurídice.
Eurídice no entiende qué sucede, cree que Orfeo no quiere mirarla porque ya no la ama y, resentida, le reclama. Orfeo no resiste, se detiene, vuelve la cabeza hacia atrás y mira a Eurídice, quien muere en ese mismo instante.
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Cristóbal Glück, gran músico alemán del siglo XVIII, inmortalizó ese momento conmovedor en la ópera Orfeo y Eurídice: Sentado en el suelo, Orfeo sostiene en su regazo la cabeza de Eurídice mientras canta una de las más bellas arias en la historia de la ópera: Che faro senza Euridice? (¿Qué haré sin ti Eurídice?), también muy conocida en francés como J´ai perdu mon Eurydice (He perdido a mi Eurídice).
Pero Orfeo, además del músico divino que con sus melodías maravillosas amansaba a las fieras, detenía el viento, cambiaba el curso de los ríos y dominó a los monstruos del infierno, también fue un gran reformador religioso.
Después de la segunda y definitiva muerte de Eurídice, Orfeo se consagró a la vida religiosa y sus adeptos crearon una corriente mística que fue llamada Orfismo, la cual cultivaba los llamados Misterios Órficos. Platón menciona en La República a los adeptos de Orfeo, de quienes dice que eran una especie de sacerdotes mendicantes que ofrecían a los ricos la purificación de sus pecados y crímenes, mediante sacrificios espirituales. Los órficos creían en la doctrina de la metempsicosis, concepto filosófico griego que se refiere a la transmigración del alma de un cuerpo a otro, la reencarnación después de la muerte.
Después de enviudar Orfeo se radicó en la región de Tracia. Allí vivió de manera ascética y todos los días en la madrugada subía al Monte Tangeo, para saludar desde allí la llegada de la Aurora y predicar que Apolo era el más grandioso de todos los dioses del Olimpo.
Según cuenta Robert Graves, Orfeo rechazó a Dionisio cuando este llegó a Tracia para propagar su religión que se basaba en la práctica de placeres sensoriales, orgías sexuales y sacrificios humanos, lo cual para Orfeo era intolerable.
Dionisio se sintió muy ofendido por el rechazo de Orfeo y ordenó a las Ménades, como se llamaban las sacerdotisas que practicaban el culto dionisíaco, que lo asesinaran. Cumpliendo la orden de Dionisio, las Ménades descuartizaron a Orfeo y arrojaron sus restos al río Hebro, en cuyas aguas flotó su cabeza que siguió cantando hasta llegar al mar y luego a la isla de Lesbos. Allí las Musas recogieron aquella divina cabeza y la enterraron en un lugar llamado Liebetra, al pie del Monte Olimpo.
Y cuenta Robert Graves que desde entonces y hasta “hoy día, en ese lugar los ruiseñores cantan más armoniosamente que en ninguna otra parte del mundo”.
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