Para los que desde el exterior seguimos paso a paso el acontecer nicaragüense, es motivo de profunda congoja ver como una camarilla encabezada por la familia Ortega-Murillo y secundada por el Ejército y la Policía, han venido destruyendo la poca institucionalidad democrática que habíamos logrado alcanzar a finales del siglo XX y principios del siglo XXI.
Porque si el binomio Ortega-Murillo es quien encarna “la suma del poder público” como lo hizo hace 75 años el general Somoza García, eso quiere decir paladinamente que los nicaragüenses seguimos siendo escarnecidos bajo la bota oprobiosa de otra dictadura.
Si la voluntad de una sola persona y su consorte es la que prevalece en todos los poderes del Estado (legislativo, judicial, electoral y ejecutivo) y además ejerce el mando de las fuerzas militares y policiales, desde Aristóteles, Platón, Montesquieu, Rosseau, Tocqueville y un sinnúmero de politólogos modernos se sabe, que a eso puede llamársele cualquier cosa —tal vez monarquía— menos democracia.
Pero, ante esta realidad vergonzosa que ofende nuestra dignidad y nuestro decoro de hombres y mujeres nacidos para vivir en una patria libre de déspotas y tiranos: ¿Qué estamos haciendo los nicaragüenses? ¿Vamos a esperar las próximas “elecciones” a que los sátrapas que gobiernan y su cohorte de serviles asalariados cometan un nuevo fraude en grave perjuicio para las grandes mayorías de nuestra población? ¿O es que hay todavía quienes no se han dado cuenta de que Nicaragua es el país potencialmente más rico de Centroamérica y que seguimos siendo el segundo país más pobre (después de Haití) de América Latina? ¿Dónde están los grandes logros alcanzados durante 34 años de gobiernos y cogobiernos (arriba y abajo) de los sandinistas en el combate para erradicar la pobreza en nuestra patria? ¿Por qué conformarse con una lámina de zinc cuando tienen derecho a una casa entera?
Es irrelevante especular ahora si el señor Ortega es hoy mejor gobernante que antes, porque todos sabemos el origen espurio de su administración ya que no solo, en una actitud delincuencial, violó la Constitución y nuestras leyes, sino que ha cometido fraude tras fraude escudado en el filo de las bayonetas. ¿Acaso no fue por esto que escogió como su vicepresidente al exjefe del Ejército y prorrogó el mandato de la señora Granera en la Policía?
Hay quienes afirman cuando se refieren a la colectividad nacional que es una sociedad enferma y hay otros más benévolos que aseguran que la población está cansada, pues solo así se explican, unos y otros, que ante tanta burla y tantos atropellos a sus más elementales derechos los nicaragüenses sigan tranquilamente acatando los deseos de sus opresores.
¿Es que en realidad después de tantas luchas con sangre, sudores y lágrimas, para volver a caer siempre en lo mismo: dictadores corruptos arriba y politiqueros que se venden al mejor postor abajo, hemos de deducir que el pueblo de Nicaragua ha perdido toda esperanza de redención y que como consecuencia se siente terriblemente cansado? Esto es muy peligroso porque vemos cernirse sobre el horizonte de la Patria la resignación lacayuna que enerva la voluntad de los pueblos hacia la búsqueda de un mejor destino.
A propósito de esto, hace 163 años el prócer argentino Domingo F. Sarmiento en su muy conocida obra Facundo , escribió algo que es bueno que recordemos, hoy más que nunca, los nicaragüenses: “Hay un momento fatal en la historia de todos los pueblos, y es aquel en que, cansados los partidos de luchar, piden ante todo el reposo de que por largos años han carecido, aún a expensas de la libertad o de los fines que ambicionaban; este es el momento en que se alzan los tiranos que fundan dinastías e imperios. Roma, cansada de las luchas de Mario y de Sila, de patricios y plebeyos, se entregó con delicia a la dulce tiranía de Augusto, el primero que encabeza la lista execrable de los emperadores romanos”.
¿Será que los nicaragüenses estamos viviendo ese momento fatal de nuestra historia de que nos habla Sarmiento? El autor es Secretario General de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE)
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