En política, El Salvador y Nicaragua son sociedades paralelas. En los últimos 30 años han vivido situaciones muy similares.
En los años ochenta los gobiernos salvadoreños enfrentaron los embates de una guerrilla izquierdista. En Nicaragua, en la misma década, el gobierno sandinista peleó una guerra civil con una guerrilla derechista.
Aunque los dos países sufrían una guerra civil, en Nicaragua la estatización de la economía la dejó reducida añicos mientras que el ritmo de crecimiento de la economía de libre mercado salvadoreña no se detuvo.
A inicios de los noventa Centroamérica dejó de ser un campo de batalla de interés para las potencias y entró a vivir un período democrático, pero en la segunda mitad de la primera década del siglo XXI en ambos países las elecciones fueron ganadas por los partidos de izquierda que ahora huérfanos sin la Unión Soviética, encontraron en el Alba el Cuerno de la Abundancia.
Tanto el partido FMLN en El Salvador como el Orteguismo en Nicaragua están aprovechando el despilfarro que Hugo Chávez hace de los recursos venezolanos para convertirse en grandes capitalistas en sus respectivos países. Eso, aunado a la visión autoritaria que tanto los unos como los otros tienen del mundo, ha ido amenazando los derechos y las libertades en ambas sociedades.
Sin embargo, el proyecto ha avanzado con mayor velocidad y aplomo en Nicaragua que en El Salvador. Allá los intentos totalitarios se han enfrentado con la firme oposición de todos los sectores de la sociedad civil. Aquí, algunos sectores han claudicado, otros han pactado para evitar ser arrollados y los que supuestamente se mantienen en pie de lucha están infectados por el virus de la división.
En El Salvador, la oposición a los intentos de atropello a la institucionalidad y abuso de las leyes es tan fuerte que ha hecho retroceder al FMLN y sus aliados en al menos dos ocasiones en los últimos años. Siendo el más reciente ejemplo el veto a las reformas a la Ley de Acceso a la Información que en palabras de mi amigo y colega Álvaro Cruz, del diario El Mundo, “pretendían desarmar al Instituto de Acceso a la Información. La sociedad salvadoreña se unió para defender los pocos avances en transparencia que se han tenido en los últimos años”.
Según Álvaro, “es importante resaltar el papel de Aliados por la Democracia, un grupo de organizaciones que han hecho un frente común en defensa de la democracia y la institucionalidad y que incluyen a ANEP (Asociación Nacional de la Empresa Privada), y a ONG de derecha e izquierda unidos con el mismo fin”.
Pero es en Nicaragua donde la economía en los últimos tres años crece al ritmo del 4 por ciento, a pesar que el proyecto fascista ha eliminado toda institucionalidad e independencia de poderes; la transparencia es tan solo un lejano recuerdo, y el irrespeto a la Constitución y las leyes es política de Estado.
Mientras tanto, en El Salvador la economía está estancada, arrastrando los pies con crecimientos anuales del 1.5 por ciento o menores, esto a pesar de que hay avances en transparencia; hay una Sala Constitucional independiente que obligó el año pasado al presidente a convencer a sus díscolos aliados en la Asamblea a enmendar una flagrante violación a la Constitución; donde el Tribunal Supremo Electoral nunca ha sido acusado de cometer fraude, y donde la sociedad está alerta ante los avances autoritarios.
Amén de que la economía de aquel país es más de dos veces la de este, con un Producto Interno Bruto de 23 mil millones de dólares y este de nueve mil millones de dólares, los economistas y muchos empresarios de ambos países dicen que allá las cosas en materia económica van “mal” mientras aquí van “bien”.
Pareciera que la estrategia de claudicar o pactar con un régimen abusivo es más efectivo que enfrentarlo unido.
Pero las sociedades deben tener visión de futuro y el resultado de ambas estrategias todavía está por verse.
Para mí, en el no muy largo plazo, los salvadoreños que ya nos llevan ventaja, van a tener un desarrollo económico sólido y estable, contrario a lo que nos espera aquí. A eso, como diría Tijerino: Póngale sello.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A