Guillermo E. Miranda
La declaración del diputado José Figueroa, de la bancada gobiernista, dando a conocer el reinicio de las pláticas con el Partido Liberal Independiente (PLI) para el nombramiento de magistrados, es una noticia que ha comenzado a causar revuelo en nuestra sociedad. Esto por las implicancias que dichas conversaciones traen consigo.
Si tomamos como cierto el axioma de que la política es el arte de lo posible, la misión del PLI durante estas conversaciones debería ser: lograr la mayor cantidad de posiciones posibles de las más de sesenta que están pendientes de ser nombradas, pero precisamente es en esa negociación de magistrados y funcionarios públicos y la calidad de las personas que propondrá Montealegre en donde radica el quid del asunto.
LA PRENSA se refirió a este tema en un Editorial en el que entre otras cosas nos ilustraba sobre cómo elegir a los candidatos de la oposición sin tener que pagar el precio de votar por los mismos corruptos, que de seguro tratará de imponer el Gobierno. Eduardo Montealegre no debe olvidar el resultado de la última elección municipal, en la cual más de medio millón de nicaragüenses le negaron el voto al PLI, relegándolo a un ínfimo tres por ciento de aceptación popular y ubicándolo a él (Montealegre) en un nada envidiable menos doce por ciento de opinión pública favorable. Estas y otras consideraciones son las que tendrá que sopesar el líder del PLI antes de dar el visto bueno a una decisión que deje satisfecho a Ortega.
Pero si conseguir un número de magistrados y funcionarios que sea aceptable para la oposición es harto difícil, la escogencia de quienes habrán de llenar esas posiciones lo es aún más, pues de los nombres que ponga sobre la mesa de este nuevo pacto se podrá por fin establecer con certeza de qué madera está hecho.
Hasta ahora las especulaciones son que los nombres a proponer o ya han sido propuestos son los de su círculo más íntimo. Entre ellos se menciona a la presidenta del comité electoral, a su diputado suplente y un exministro de Defensa al que políticamente no se le ha visto la cara por casi una década. Estos y otros nombres han sido filtrados en más de una ocasión por los mismos funcionarios del Gobierno y corroborados por más de uno de sus colaboradores.
Cuando en el 2005 Eduardo Montealegre saltó a la palestra política, el hastío que se tenía por el pacto y las componendas de Alemán y su PLC con Daniel Ortega hoy en el poder, hicieron que muchos viéramos en él una tabla de salvación. En ese proyecto se monto la Embajada de Estados Unidos, la Unión Europea, la sociedad civil, la empresa privada y muchos otros, los que hasta ahora solo hemos inculpado por nuestras vicisitudes actuales a un lado de la moneda.
Lo que suceda de ahora en adelante, hasta el día en que los diputados de la bancada democrática opriman el botón para elegir, será responsabilidad única y exclusiva de la orientación que el señor Eduardo Montealegre ordene al respecto. Por supuesto, deberá dar por descontado que como resultado directo de ello la calificación de su actuación no se hará esperar, y como dijo el sabio Morales, los únicos responsables habremos sido nosotros. El autor fue comandante de la Resistencia Nicaragüense y actualmente miembro del PLI.