A juzgar por lo expresado en su discurso de inauguración y por lo presenciado a lo largo de la campaña electoral es evidente que para el presidente Obama América Latina no está entre sus prioridades del segundo periodo presidencial. Sin duda este será enfocado en una agenda predominante doméstica con muy poco apetito para una política exterior más allá de lo estrictamente indispensable. En muchos casos liderando desde atrás y en otros casos condicionándose a un consenso internacional.
Desde ya preocupado con su legado y sin más elecciones que contemplar su capital político será usado en tratar de conseguir una mejor distribución y justicia social y por ello entre sus prioridades estarán la reforma migratoria, control de armas, derechos civiles de minorías, salud, educación, etc… Todo con la intención de construir una sociedad en la que, según sus palabras, “el éxito de nuestro país no dependa de que a un grupo cada vez más reducido le vaya bien y a una creciente mayoría a duras penas puedan sobrevivir”.
En lo que respecta a América Latina todo parece indicar que la relación basada en condescendencia para quienes adversan al país y de casi indiferencia para quienes tienen simpatía se mantendrá incólume. La presencia de John Kerry como nuevo titular de Foggy Bottom, dada su trayectoria política que deja serias dudas sobre su percepción del rol y liderazgo de los Estados Unidos en el escenario mundial, presagia una era de cautelosas posiciones y de extrema circunspección, justificada supuestamente en el respeto al no intervencionismo y a la autodeterminación de los pueblos.
La geopolítica latinoamericana atraviesa una crítica etapa en la que una actitud más firme por parte de la administración estadounidense sobre la protección y consolidación de la democracia es vital e impostergable. Las violaciones constitucionales, las elecciones fraudulentas, la sustitución de dictaduras de derecha por iguales o peores de izquierda revelan una tendencia que si bien pueden ser mal interpretadas como irrelevantes a lo interno, sin duda amenazan con truncar el costoso avance económico y democrático en la región, afectando por ende la misma economía y seguridad estadounidense.
Las consecuencias de este enfoque durante el primer periodo no fueron muy alentadoras. En el área comercial los tratados de libre comercio con Colombia y Panamá fueron concebidos e impulsados por el presidente Bush. El Acuerdo de Asociación Transpacífica parece más orientado a Asia que a Latinoamérica. En la lucha contra el narcotráfico no se ha logrado ningún avance, muy por el contrario México y la región centroamericana se han convertido en campos de batalla y Venezuela se mantiene como reducto invulnerable de la FARC.
Estratégicamente China y Rusia han logrado abrirse espacios económicos, políticos y militares aprovechándose de la pasividad y excesiva prudencia en la diplomacia estadounidense. Irán por su parte continúa —encontrando poca o ninguna resistencia norteamericana más que espurias declaraciones diplomáticas— firmando acuerdos económicos que no son más que disfraces de alianzas políticas y militares con peligrosas intenciones.
La corruptora influencia de Venezuela y sus petrodólares dirigida desde Cuba por los hermanos Castro ha sido no solo permitida en las relaciones bilaterales sino también dentro de los organismos multilaterales. En la OEA la voz de los Estados Unidos ha sido enmudecida por la altanería de países cuya principal agenda es aislar e insultar al “imperio”. Nuevos organismos multilaterales latinoamericanos como el Celac han sido creados y funcionan marginalizando o simplemente excluyendo a los Estados Unidos.
Confiemos que la “flexibilidad” después de las elecciones prometidas el año pasado al entonces presidente ruso Dmitry Medvedev se proyecte en una agenda más decisiva contra las violaciones a la democracia en la región y en más y mejores programas de cooperación. Y que los próximos cuatro años no sean más de lo mismo. El autor fue Cónsul de Nicaragua en Miami.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A