Adolfo Miranda Sáenz
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Muchos de los que tenemos desde una vida modestamente acomodada para arriba, a veces olvidamos que la mitad de la gente en el mundo es muy pobre. Más de mil doscientos millones de personas apenas “sobreviven” con menos de un dólar por día para comer, vestirse, medicarse, educarse, tener un techo y cubrir todas sus necesidades, que evidentemente no las cubren en absoluto. Más de tres mil millones “sobreviven” con menos de dos dólares diarios. La población mundial es de seis mil quinientos millones, por lo que casi la mitad de la gente en el mundo vive en condiciones miserables.
Mil trescientos millones de personas no tienen agua potable, 850 millones son analfabetas, 770 millones no cuentan con absolutamente ninguna atención de salud, 165 millones de niños están desnutridos y 120 millones no asisten a la escuela. Esa es la realidad del mundo en que vivimos.
Si usted puede comer tres tiempos forma parte de un cinco por ciento de privilegiados. El 95 por ciento solo comen uno o dos tiempos y la mitad de ellos apenas medio comen. Si tiene luz eléctrica forma parte del 25 por ciento. Si tiene una computadora forma parte del uno por ciento de personas privilegiadas en el mundo.
Jesucristo nos enseña que amar a nuestro prójimo es tan importante como amar a Dios. No se puede ser cristiano ni amar a Dios sin amar al prójimo. Y si amamos al prójimo no podemos vivir indiferentes ante esa situación de pobreza y miseria. Lo contrario del amor no es el odio; usted puede no odiar a otras personas, pero eso no significa que las ame. Lo contrario al amor es la indiferencia. Podemos amar al prójimo o podemos ser indiferentes, y si somos indiferentes no podemos ser cristianos.
No importa cuál sea nuestra ideología política ni qué sistema socioeconómico nos parezca más adecuado para combatir la pobreza. Lo más importante es estar conscientes de ella y sentirnos necesariamente comprometidos a hacer algo al respecto. No permanecer indiferentes significa tener siempre presente en nuestra vida ese compromiso cuando tomemos todas nuestras decisiones y actuar consecuentemente.
Es bueno practicar la caridad, aunque con nuestras obras de misericordia no vamos a solucionar la miseria de los casi tres mil millones que viven en la pobreza; pero podemos ayudar a mitigarla aunque sea un poco. Recordemos lo que dijo Santa Teresa de Calcuta: “Lo que podemos hacer es apenas como una gota de agua en el mar…, pero sin esa gota el mar será menos”.
También debemos ser personas que conscientes de nuestros valores cristianos sumemos nuestros esfuerzos a los de aquellos que desde sus diferentes opciones políticas o desde diferentes organizaciones, incluyendo la Iglesia, trabajan por un mundo social y económicamente más justo, promoviendo la paz y el correcto aprovechamiento y conservación de los recursos y las riquezas que tenemos en el mundo para provecho de toda la humanidad, tomando en cuenta la voluntad de Dios sobre el destino universal de los bienes.
No debemos permanecer indiferentes sin hacer nada. Todos podemos hacer algo. El autor es abogado, periodista y escritor.