Santiago Molina
Mi carácter va cambiando mientras aumenta el calor, pues esta
región es muy calurosa; alguna relación debe existir con aquello
de que los manicomios siempre deben tener una temperatura
baja y en los días de calor cualquier cosa me hace saltar en
astillas: Robert Walser calmaba las fiebres de su imaginario
caminando en la nieve en los alrededores del asilo de Herisau,
Mallarmé decía que el frío invierno era propicio para el estudio
de las matemáticas, Senancour recomendaba en su Obermann
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hacer largas caminatas en las altas montañas. La gente del siglo
XIX creía mucho en ese asunto del buen y mal clima pues el
humor del hombre dependía del barómetro. El buen humor
ayuda a la compensación entre el cuerpo y la psiquis, es una
armonía que debemos afinar, y me acuerdo ahora de Lord Byron,
quien cojeaba siendo uno de los más excelentes boxeadores de
Inglaterra, y al gran Garrincha que le faltaban algunos centímetros
en la pierna derecha pero que le ponía el balón a Pelé en
la punta del pie desde las posiciones más difíciles del terreno; no
se puede comprender a Pelé sin Garrincha, como si los
centímetros faltantes completaban la armonía pre-establecida de
los mundos de Leipniz y en dúo marcaban goles perfectos en las
azarosas porterías de la divinidad; o podría ser que la perfección
no existe… Todo tiene su mancha… Así las cosas y los creaturas
manchadas de Gerard Manley Hopkins: el pinsón que tiene un
plumaje vario-pinto pero con un bello canto, la trucha puntillada
de rojito y de amarillo pero deslizándose transparente en la
corriente, nosotros con la artritis que nos claustra pero que no
nos impide limar las palabras y hacer belleza con su limadura.
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