Mariano Marín
Las jaculatorias rezadas por Armando no eran tan poderosas como los ojos que encontró en la salida de la iglesia. El brillo y resplandor de los cuchillos de La Dolorosa se confundieron con los ojos de Lucrecia.
Primera de las heridas que recibió el corazón de la bella nieta del Duque, al no poder resistir la mirada limpia y clara y transparente, como el aguardiente fabricado por Félix D. Torres, que le asestó Armando, El Misionero.
Sus pupilas se dilataron solo un mínimo momento para decir: te amo, y el silencio de sus labios no impidió la jaculatoria. Ni siquiera el hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, que Armando expresó en su sordo Om!! Cristiano.
Nadie vio el cambio de color y las gotas de sudor de su frente; ni el de ella, que tuvo que sacar de pequeña bolsita tejida, el pañuelo de lino blanco bordado en minardí, hecho donde doña Chepita España, para enjugar su rostro empalidecido y sudoroso.
Sus manos limpias y claras como gardenias reflejaron el amarillo cadmio de las paredes de las casas vecinas. Hasta la casulla, la estola y el amito, dorado y púrpura del padre García, como le decía la gente de Granada, se llenó de luz.
Más los iris y córneas de Armando y Lucrecia encontraron su luz propia. Solo sus corazones tenían la sensibilidad de interpretar los nuevos temblores de sus almas. Ni los amantes de Verona podrían tener aquel exabrupto, de aquella tarde del viernes de la semana anterior a la mayor, según el calendario gregoriano. Nada existía a su alrededor.
Ni las notas tristes de los cánticos de las monjitas del hospicio. Ni las nubes de papelillo fino, tirados sobre sus cabezas por los chavalos que se divertía, con esa travesura; ni los empujones violentos de la muchedumbre interrumpieron las flechas incisivas de sus miradas que entraron en sus jóvenes corazones.
Nadie se enteró de lo que pasaba entre los jóvenes a excepción del Duque de Cretêil. Eran muchos años de vida, guerras, muerte, y conocimiento del género humano para dejar pasar por un lado aquellas miradas que entraban también en su corazón.
A él también le había pasado lo mismo en su muy amada Beziers de la France de sus recuerdos, muchos años atrás. La iglesia era como esta, pero más antigua.
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