Estudios recientes sobre crímenes contra las mujeres demuestran que los orígenes de la misoginia se remontan al viejo concepto de la superioridad del hombre sobre la mujer y a la naturaleza patriarcal de la sociedad y la tendencia de utilizar la violencia como herramienta de represión con tal de mantener el dominio masculino. Esta tesis la sostienen algunas autoras como Diana E. H. Russell y Roberta A. Harmes junto con Jill Radford. Todas ellas han escrito y documentado las causas de tales crímenes y también han acuñado una terminología propia del movimiento feminista, tales como femicide y gendercide, por supuesto, en idioma inglés.
Activistas del movimiento feminista han empezado a traducir el término inglés femicide como “femicidio”, pero han dejado de lado el término gendercide, para enfatizar y defender la lucha en favor de los derechos de las mujeres. El vocablo español feminicidio viene del latín femina y del sufijo cidio. Debido a diferencias de traducción del idioma inglés, algunos países han adoptado el anglicismo “femicidio” mientras otros prefieren utilizar la derivación directa del latín: feminicidio.
Las autoras Russell y Radford ( Femicide: the politics of Woman Killing , 1992) definen el feminicidio como “la matanza de mujeres ejecutada por hombres”; es decir, no hay que confundir el asesinato de una mujer por su pareja o expareja con el odio contra las mujeres por el hecho de ser mujeres, como se observa en la India, Pakistán, Afganistán y otros más. Un ejemplo reciente de feminicidio lo tenemos en Malala, la adolescente que fue atacada por defender el derecho de las mujeres a estudiar; otro ejemplo lo tenemos en la violación masiva de una mujer en India y la introducción de una barra oxidada en su vagina, que fue la consecuencia de su posterior muerte.
La misoginia la define el Diccionario de la Real Academia como “aversión u odio a las mujeres”. El término se origina en el griego: miso, yo odio: y ginia: mujer. Por ejemplo, durante los siglos XVI y XVII la misoginia se manifestó en la matanza de brujas. Las autoras citadas también afirman que la práctica de la misoginia es de siglos; pero la terminología de femicidio o feminicidio data del año 1974, cuando la autora norteamericana Carol Orlock publicó una antología de feminicidios, como resultado de estudios y esfuerzos iniciados en los años 1960 y 1970. Por ejemplo, en la década de los setenta se fortalece el movimiento feminista con el objetivo de defender los derechos de igualdad de género y detener la violencia contra las mujeres. Por eso, las escritoras en idioma inglés prefieren la palabra femicide en vez de homicidio o gendercide por ser estos últimos términos neutrales.
En países como China y Korea se ha dado la selección de sexo al nacer y se ha cometido infanticidio en niñas cuando se prefiere la reproducción masculina; en diciembre de 1989 se produjo un tiroteo en Montreal perpetrado por Marc Lepine, en donde murieron 14 mujeres estudiantes de ingeniería por el hecho de ser feministas, citado por Russell y Radford, 1992. En Nicaragua, el sistema judicial ha favorecido a los violadores aduciendo “arrebato” o influencia alcohólica a la hora de la violación o provocación por la víctima. Según testimonio de algunas víctimas, a veces la Policía les advierte que si enjuician a sus parejas se quedarán sin el sustento; otras veces, el mismo sistema machista de la justicia le exige a la víctima que presente testigos y no son muchos los que cooperan. Es decir, el sistema estatal enfatiza más en la naturaleza misógena de los crímenes, desviando de esta manera la responsabilidad en la víctima antes que en el victimario.
Por tanto, debemos comenzar desde la infancia a cambiar esta estructura patriarcal y misógena tanto en el hogar como en la escuela. Muchas veces las mismas madres inconscientemente infunden ideas machistas tanto en los varoncitos como en las niñas. Expresiones como: los niños no deben estar en la cocina, solo las niñas refuerzan el machismo. Por otro lado, hay que cambiar el actuar de nuestro sistema judicial y policial para dar iguales derechos a las mujeres y para detener la ola de feminicidios en Nicaragua.
El autor es excatedrático de Lingüística, UNAN, UCA.
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