Muchos se congratulan que las cosas malas que nos deja un año viejo, afortunadamente, quedan sepultadas cuando llega el año nuevo. Nada tan fácil para que sea cierto. La verdad es que cuando menos lo pensamos ahí están haciéndonos cosquillas y advirtiéndonos que siguen vivas. Las cosas malas nunca terminan de borrarse, como los amores ingratos que de tan ingratos se vuelven indelebles.
Para los españoles, desahucio, banco malo, rescate, les estará todavía ardiendo como sal en la herida, pues conocemos que el 2012 fue un año económico muy duro para Europa y en especial para España. Para los Estados Unidos habrá sido el temido abismo fiscal que con dificultades se arregló a última hora en la madrugada del 1 de enero del 2013. Queda todavía la mancha de sangre que dejó la tragedia de Newtown y la frase desquiciada de “lo único que detiene a un hombre malo armado es otro hombre bueno armado” algo así como resucitar la vieja justicia del revólver, por sí sola, resabio del viejo oeste. Para Venezuela la palabra proscrita será cáncer o metástasis que tiene en precaria salud al presidente Hugo Chávez. Primavera árabe es una eclosión libertaria en el Medio Oriente que no termina de apagarse, donde el calvario de Siria se hace ya insoportable. Y hasta la cultura maya nos invadió con el temor de que al cumplirse el Baktún número 13, el mundo llegaría a su fin, tal como lo anunciaban los agoreros del juicio final. Con frecuencia nos rodean noticias desagradables.
¿Será entonces que el inicio de un nuevo año es como un alivio para aplacar los males del pasado? Sabemos que no es así. Qué fácil sería el borrón y cuenta nueva, con la lógica del pizarrón, donde, ya limpio de trazos, pudiésemos rehacer el mundo a nuestra conveniencia. Más bien lo que se impone es la continuidad. Lo que hacemos o dejamos de hacer, en buena parte, es una prolongación de lo que ya iniciamos en algún momento de nuestra vida. Incluso las nuevas tareas, de alguna manera reflejan lo que ya pensamos antes y que no habíamos podido realizar.
Es más realista aceptar que el tiempo es continuidad y que tenemos que convivir con gozos y sinsabores, con fiesta y luto, con salud y enfermedad. Así ha sido siempre y así seguirá siendo. Simultáneamente respiraremos aire puro y olfatearemos, nos agrade o no, amagos de peste, que es casi como tener buenos y malos vecinos.
Lo que nunca habrá, será, “almuerzo gratis”. Un año nuevo traerá de todo, no lo sabemos, pero seguro que seguiremos arrastrando la cola del viejo caimán.
En nuestra realidad cotidiana seguirá habiendo desempleo, crisis, inseguridad, violencia intrafamiliar, riñas, pobreza, enfermedad, erupciones, inundaciones, incendios, politiquería, corrupción, drogadicción, injusticias, desalojos, así como hípicas, fiestas, purísimas, deportes, bailes, cantos, enamoramientos, bodas, nacimientos, bautizos, comuniones, cumpleaños, salud, trabajo, y todas las cosas buenas que nos depara la vida.
Convivir no querrá decir resignación o conformismo. Las malas experiencias nos sirven para reconocernos en las buenas. Siempre habrá ánimo para superar los malos ratos y levantarnos de las caídas. Para emprender nuevos proyectos y aprender del pasado. Tiempo para reflexionar y detectar dónde estamos fallando y cómo reorganizarnos y no desesperar o creer que alguien vendrá desde afuera a solucionar nuestros problemas. Todo apoyo externo es bienvenido, pero la fuerza, primaria, está y siempre ha estado, en nosotros mismos.
El autor es economista
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