El control absoluto de los municipios del país que se ha recetado el frentismo es una campanada de alerta a los partidos para que cambien su rumbo y busquen una forma de enfrentar al orteguismo en su empeño de recetarse un cuarto fraude al hilo en las elecciones del 2016.
En los próximos años el oficialismo volcará sus esfuerzos para convertir a los municipios en su base fundamental de apoyo y aunque parezca contradictorio ahí puede estar su talón de Aquiles. El costo de mantener una maquinaria política municipal será enorme y los resultados de las administraciones municipales controladas por el frentismo serán previsiblemente desastrosos.
En las alcaldías todo el mundo tiene un sueldo: alcaldes, vices, concejales y la maquinaria administrativa, lo que consume una enorme proporción de los ingresos del municipio y por eso operan casi siempre en rojo. Los casi 6,000 alcaldes, vices y concejales designados representarán una carga onerosa para la administración municipal y consumirán muchos de sus escuálidos recursos quedando poco o nada para obras de progreso.
El carácter sectario frentista promueve la exclusión social y las administraciones edilicias sandinistas estarán ocupadas en mantener aceitado su propio aparato partidario marginando al resto de la población de los planes municipales fomentando así la inconformidad ciudadana. La corrupción y la exclusión son los escudos de los regímenes autoritarios y todo hace indicar que los municipios bajo el férreo puño orteguista no serán la excepción.
Las listas de los designados están formadas por incondicionales que destacan más por su fidelidad al patrón del partido que por su capacidad para desarrollar un puesto municipal aún en una escala administrativa básica. Esto provocará despilfarro, derroche de recursos, corrupción y clientelismo local. Nada hace prever que estos próximos tres años de administración municipal estarán exentos de estas prácticas viciosas. Ese será el terreno en el que se desarrollará la contienda electoral del 2016.
Los partidos deben dirigir su lucha al territorio municipal donde habrá muchas banderas de reivindicación y donde la población estará ansiosa de cambios harta de los abusos frentistas. Esto exige un cambio total en la estrategia de conducción de las cúpulas políticas más interesadas en fomentar el control partidario y en la adulación que en buscar mecanismos que amplíen y consoliden las bases organizacionales. La pésima costumbre de girar instrucciones desde arriba, como esos bandos de antaño, ya pasó a la historia. Los nuevos espacios de lucha política se conquistarán palmo a palmo en los territorios lo que conducirá inevitablemente a una municipalización de los partidos.
Esta nueva concepción de hacer política dará un traste a la forma tradicional de funcionamiento de los partidos. Estas vez las reglas de juego invertirán la operación pues el flujo sanguíneo organizacional irá de abajo hacia arriba, desde las bases a sus liderazgos superiores. Esto claro está permitirá el surgimiento de una nueva generación de líderes locales a nivel nacional empujando a los caudillos hacia el abismo y evitando que argollas dirigenciales se apoderen de los partidos.
Este concepto de municipalización de la política ha sido expuesto con buen criterio por Fanor Avendaño, constitucionalista socialcristiano y vale la pena darle seguimiento con todas las implicaciones que conlleva. Las organizaciones políticas y de la sociedad civil que manejan muchas veces discursos contradictorios y estrategias divorciadas de la realidad, deben cambiar hacia un rumbo único. La municipalización de los partidos puede ser el camino correcto.
EL AUTOR ES DIRIGENTE HISTORICO SOCIALCRISTIANO.
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